miércoles, 5 de noviembre de 2008

El Amo circunspecto


No relataré por ahora cómo se fraguó mi entrada en el mundo BDSM. Busqué, leí como todo el mundo; conversé con Dominantes, metí la pata a menudo; tuve encuentros cíber y telefónicos, algunos muy intensos, pero no quiero contarlos por ahora.

Santiago fue el primer Dominante con el que tuve relación real. Contacté con él en ALT y fue emocionante ver que era de mi misma ciudad, cosa que no creo que abunde pues mi ciudad es de tamaño medio y tirando a mediocre en todos los aspectos.

Fui impulsiva y actué con prisas pero los primeros momentos fueron deliciosos. Iba a conocer a alguien al que podría llamar Amo. Poca idea por entonces de lo que yo quería. Mi objetivo se limitaba a sesiones light y en mis conversaciones por messenger con él le pedía que nada de dolor, nada de humillación... Y era perfectamente consciente de que deseaba atravesar esa frontera pero no daba con la clave para hacerlo.

Santiago es hombre de pocas palabras. Una conversación con él era aburridísima. Pasamos a la acción. Jugamos a que me descubriera. Una mañana atravesé la calle principal de mi ciudad sabiendo que, por las indicaciones que le había dado, él estaría allí, ojo avizor, descubriendo quién era. Me vio, paseó junto a mi y, como habíamos convenido, no me dijo nada.

Días después, en esa misma calle, nos citamos brevemente, para conocerle yo. Y días más tarde, me sobó el culo en un ascensor del Corte Inglés. Y pocos, pocos días después tuve mi primera y única sesion con él.

No fue un desastre. Mis sensaciones predominantes fueron excitación en grado 10 y curiosidad en la misma medida. Una curiosidad inmensa. Por tanto no me supo mal su actitud misógina, despreciativa vaya, para qué andarnos con rodeos. Era mi primer Dominante, mi primera sesión y yo estaba dispuesta a disfrutar, sentir, vivir todas y cada una de las actividades que el hiciera sobre mi piel.

Así que acabé aturdida. Mareada. Los pezones agradablemente doloridos. Él cumplió lo pactado, me sometió a un dolor sosegado y ordenó lo que sabíamos iba a ordenar. Quedó muy satisfecho, mucho. Quería repetir pronto. Yo volví a casa y mientras caminaba, pensaba y ahí ya empezó a dolerme la falta de dolor. El vacío que llevaba, lo que de ningún modo quería sentir.

No hubo besos, no hubo afecto. Frialdad, sesión impecable pero aséptica. Eso no era lo que yo quería. Se despidió de mi con un "hasta otro día". Ya no hubo más.

Le vi hace unas semanas en el mercadillo. Nos sonreímos al saludar.

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