martes, 11 de septiembre de 2012

Expectativas

Yo nunca me creo expectativas, Ni laborales ni lúdicas. Puedo hacer planes a corto plazo -no a largo plazo, casi jamás-, pero aún con un miniplan no me creo expectativas. Hacer planes es casi necesario para ir tirando, planes para el fin de semana, planes para el jueves que viene... pero sin expectativas. Desde que soy capaz de controlar mis expectativas por todo soy más feliz.

Sobre todo no creo expectativas personales. No pienso más allá de nadie o lo intento, porque es endiabladamente difícil. Intento no crear modelos de la gente que me rodea, no crear diseños de lo que quisiera tener a mi lado. Sobre todo, intento no pensar en términos de fraude: Menganita me ha defraudado como amiga es una frase que jamás diré porque procuro no hacer de Menganita un modelo irreal. Nadie defrauda, es una la que va por la vida chocando con los esquemas que arbitrariamente imponemos. A la gente que queremos, a la gente con la que trabajamos.

Practico el borrado de expectativas con minuciosidad. A diario. A veces se me cuela una expectativa sobre algo, sobre alguien. Cuando la pillo, a la muy insensata, la mando al carajo.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Unificado y Polivalente (2)

Había dos institutos públicos para elegir y yo me quedé con el más pijo. Fue un error fatal. El instituto de los cafres tenía, como podrán suponer, una malísima fama y casi ninguna de las niñas que estaban conmigo en el cole iba allí. El instituto de los pijos, en cambio, decían que tenía mucho nivel y que no te hacían novatadas -eso sí era cierto-. Mi amiga AB fue al instituto de los cafres y los años del BUP se los pasó bomba. Yo fui al instituto pijo y encontré que los pijos-cafres son una terrible combinación.

En Primero me pusieron un mote horrendo -pero todo el mundo tenía motes horrendos en Primero-. Los muy cabritos acertaron con mi mote, me venía al pelo y lo llevé con honor todo el curso. A partir de Segundo, gracias a Dios, se fue olvidando. O no hacía ya gracia. 

No conservo a ningún amigo de entonces, en realidad sólo me hice amiga de M.M., y se que fue por pura conveniencia porque casi no tenemos nada en común. Ella era tan tímida como yo pero no excesivamente pava y a veces sacaba su genio. Nos sentábamos juntas, rumiábamos nuestras penas, hacíamos planes, lo típico. Ambas nos encontrábamos en clase en una especie de tierra de nadie. Yo no era del grupo de las pavas aunque siempre me ponía colorada cuando me preguntaban en clase -y la clase, obviamente, lo hacía notar-.  Tampoco pertenecía al grupo de empollones porque aunque siempre he sacado buenas notas también suspendía Física y sacaba aprobados justos en Matemáticas. Y, horror, suspendí un trimestre la Educación Física por culpa del voleibol -eso sí que es ser pava-. 

No era de las guapas, pero las había mucho más feas que yo -y eso me satisfacía-. No era de las enteradas, pero a veces, en los debates, sacaba a la líder que llevo dentro y -aún poniéndome colorada- era capaz de defender con pasión mis ideas. Me sentaba en medio, al lado de M.M.,  nunca delante con los pelotas, nunca atrás con los petardos. 

No recuerdo a casi nadie. En realidad acabé detestando a casi todos. Cuando me fuí, al acabar Tercero, supe que jamás tendría nostalgia de esos años. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Unificado y Polivalente (1)

Aunque parezca que tengo buena memoria (y este blog me ayuda a tenerla), hay cosas sobre las que he corrido un estúpido velo. Los años del Instituto son una muestra de la que recuerdo hechos y personas muy puntuales. Sobre todo los tres primeros del BUP (¿unificado y polivalente?) porque los dos COUs que hice son para echarlos de comer aparte (uno por malo y otro por genial).

Recuerdo a muchos profesores y tuve algunos extraordinarios. Recuerdo sus clases y sobre todo, su forma de darlas. Mi guapisima profesora de Literatura que nos enseñaba a debatir (hoy toca debate!!!), mi profesora de Historia de Primero con quien descubrí la escultura egipcia, ese retrato de Akenaton.  Mi magnífico profesor de Matemáticas con el que logré entender qué carajo son las x de las ecuaciones.

Tuve una loca profesora de Filosofía que no nos trataba como a críos. Una vez no estudié para un examen y en el lugar de las respuestas le escribí una carta disculpándome y dándole explicaciones. No me suspendió pero tampoco me habló de ello -me habría muerto de verguenza si llega a hacerlo-.

Tuve profesores interinos supertímidos a los que los gamberros de clase se comían con papas. Me río yo de los cafres de la ESO. Mi clase de Primero sí que tenía cafres. Me duele recordarles, lo pasaban muy mal, terriblemente mal.

Tuve profesoras de Educación Física gritonas y algo chabacanas. Tuve algún profesor guapo pero no lo recuerdo -curiosamente no me enamoré de ningún profesor en el Instituto-. Tuve una profesora de Inglés de increíble maldad, podría contar decenas de anécdotas sobre ella, pero no quiero malgastar el tiempo. 

Profesores ancianos que ya han muerto, profesores que vinieron un año y luego desaparecieron, profesores a los que aún me encuentro por la calle y no saludo y que se conservan igual o peor. De algunos no recuerdo el nombre.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Vacaciones de septiembre (2)

La segunda vez fue en Chiclana, una urbanización junto a La Barrosa y fuimos en el nuevo coche de mi padre, que seguía siendo pequeño, de nuevo por la N-340 y con una pata de jamón junto al asiento de atrás. Pero qué catetos somos, papá, le decíamos. Hambre no íbamos a pasar.

Fue el primer verano que no trabajé, el primer verano tras acabar la carrera, yo era una mujerona de veinticinco años con el pelo larguísimo y descuidado, con las cejas sin depilar y descuidadas.  Tenía veinticinco años pero emocionalmente había regresado a los quince. Unos meses antes había roto dramáticamente con Pedro y no estaba deprimida, no, sólo tenía la autoestima a nivel de las cucarachas y, sobre todo, sólo quería ser, para siempre jamás, una chica decente. 

En la urbanización conocimos a un madrileño -se llamaba Manolo!!!- que también veraneaba allí con sus padres y su hermano pequeño. El madrileño estaba en una edad entre la mía y la de mi hermana mediana, ¿veintitres años? y se juntó con nosotras, con las tres gaditanas que iban haciendo el majara por la playa. A mi hermana le hizo tilín y se las arregló para que Manolo viniera con nosotras de paseo y a bañarse a la piscina.

Una noche salimos a tomar copas. Vino Manolo, su hermano que era un adolescente como mi hermana pequeña y un primo que salió de no se sabe dónde y era de mi edad. Un plan chachi. Fuimos a la Bodega Sanatorio y la cagamos, no es que fuera la mejor de las citas, aquella, aunque podíamos habernos divertido pero a mi me entró la neura decente. Mis hermanas querían seguir de marchuqui, pendonear un poco por la zona de Sancti Petri y yo me negué. Mar estaba en cuarentena para toda la eternidad y aunque mis hermanas me miraban con rabia, por ser una aguafiestas, yo me erguía de orgullo: os jodeis, a mi me han jodido la vida y venir a la Bodega Sanatorio me lo recuerda. Ahora os jodeis.

Fueron unas vacaciones regresivas. Fui una cría que sólo pensaba en jugar a las palas, atracarme de comida, leer -ni siquiera recuerdo qué leía-, ser MUY BUENA, no destacar, no hacer bulto, no brillar como meses antes, sobre todo, que me olvidaran, que me perdonaran.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Una pérfida, linda mirada

Es cierto, mi hermana sonreía con perfidia, esa pícara perfidia suya, cuando lograba ponerse el mismo vestido al salir de paseo. Mi madre nos hacía la ropa, vestidos a veces repolludos y otras veces etéreos e ibicencos en verano, el mismo modelo para las dos, cada verano un par o tres vestidos nuevos a estrenar. Cuando llegué a la edad del pavo ya no soportaba que mi hermana vistiera como yo y ella, que aún era pequeña pero muy lista, siempre se salía con la suya.

Mi hermana me miraba con perfidia y rabia -pequeña e inocente- cuando se acababa el helado antes que yo. Pero es que ella siempre fue una glotona y se zampaba el cucurucho en tres chupetones y yo, siempre elegante, tardaba un buen rato y la miraba con engreimiento. Mi hermana rabiaba.

Recuerdo el día que nació: para entretenerme mi tía me llevó a una velada y me hartó de montarme en cacharritos. Recuerdo estar dando vueltas en un cochecito de feria e ir pensando: tengo una hermana, tengo una hermana. Recuerdo el día que llegó a casa, la mañana siguiente o quizás la otra: era agosto y muy temprano, yo bajé al patio en camisón, mi madre me la enseñó y yo pensé, pero que fea!!! porque era morenita, canija y lloraba mucho. Le di un besito en la frente y ya fuimos inseparables.

Ahora es una mujer valiente. Una de las más valientes que conozco. Supera obstáculos con su sonrisa amplia, su mirada linda, su enorme fuerza y bondad.


lunes, 3 de septiembre de 2012

Vacaciones de septiembre

Mi padre siempre cogía las vacaciones en septiembre porque decía que se estaba más tranquilo y era el mejor mes para pescar. Como el cole empezaba en aquella época a finales de septiembre, aquel era un mes más de playa, tibio y un poco melancólico. Sólo en un par de ocasiones nos fuimos fuera, no teníamos costumbre porque tenemos la playa al lado, para qué irnos.

La primera vez nos fuimos a Almuñécar y fue el viaje típico de los 80: todos apretados en el 850, las niñas atrás sin cinturón de seguridad, tan pimpantes y muertas de fatiguita por esa N-340 terrorífica. Además mi padre llegó cabreado porque se equivocó varias veces para llegar al apartamento y mi padre cabreado era un coñazo.

Almuñecar pudo haber sido el paraíso. Yo siempre me creo grandes expectativas y en aquella ocasión fantaseé con hacerme una pandilla del tipo Verano Azul, pero del dicho al hecho va un largo trecho. Ni supe  ni tuve ganas de hacerla allí, yo en aquella época estaba pasando por uno de mis momentos más antisociales y gruñía todo el rato (además, yo pensaba que la pandilla vendría a mi por mi cara bonita, no iba a ir yo a ella).

Por las mañanas todo iba bien, bajábamos a la playa -esas playas terribles de piedra- y nos las arreglábamos para no perecer bajo las olas. O nos dábamos un remojón en la piscina de la urbanización (donde había posibilidades de hacer pandilla, todas desperdiciadas). Comíamos con hambre feroz y veíamos el episodio de Galáctica. El HORROR llegaba con el paseo de la tarde. Mis padres eran los maniáticos del paseo vespertino, joder, y yo aún era demasiado pequeña para quedarme en el apartamento sola y a mi aire.

El HORROR comenzaba cuando mi hermana mediana se empeñaba en ponerse el mismo vestido que yo, lo cual si eres casi adolescente, es el primer paso a la humillación total. Por mucho que yo montara estrategias -esperar a vestirme hasta el final, engañarla, amenazarla- ella siempre se salía con la suya y me sonreía con perfidia.

El HORROR continuaba en el paseo, porque mis padres se empeñaban siempre en dos cosas. Una, ir ellos detrás con la pequeña en su silllita de paseo y mi hermana y yo delante, no sé por qué carajo, sería para que no  nos perdiéramos. Otra, se empeñaban en animarme a jugar con amiguitos, ein? qué coño de amiguitos, si yo no era de esas (siempre aborrecí a las niñas sociables que se hacen amiguitos en cuanto llegan al parque o a la piscina).

Y el HORROR acababa con la vuelta, ya de noche, por un paseo marítimo que estaba en construcción y era muy solitario. Yo siempre he tenido miedo de pasear por esas zonas chungas en construcción, con edificios a medio hacer y aceras sin farolas. Y mis padres, niñas, id delante que os veamos. Delante!!!! Donde el monstruo te come la primera!!!

No hice pandilla, odié a mi hermana mucho, pero mucho, engordé de tantos bocatas de mortadela para merendar, me enamoré del rubito de Galáctica, me desollé las rodillas al salir del agua en la playa -terrible, de piedras!!!- y, lo mejor, leí por primera vez Cien años de soledad. Yo es que siempre fui una pedante chica solitaria.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Sin compromiso

Un tipo de tío que me da una rabia enorme es el que no se compromete y se cree que así va de guay. Hay mucha literatura y mucho cine al respecto y siempre te sacan al tipo cagándose de miedo ante el compromiso con su chica. Y a la chica te la sacan como una tía maquiavélica que sólo pretende atar en corto a su novio -con tramas así te supones te mondas de risa-. No digo yo que comprometerse sea lo ideal siempre en una relación. Lo que no aguanto es IR DE GUAY cuando optas por esa actitud. Además, esos tíos ponen de los nervios.

Tengo una amiga en ese plan. Su pareja es un huevo-pava, un tipo al que le falta un hervor. Llevan unos cuantos meses y bueno, podría parecer pronto pero a veces una lo único que pretende con el compromiso es dejar de estar tensa. La ansiedad, a cierta edad, es nefasta. Mi amiga no tiene nada de zen y el supuesto novio ya la está calentando. Ella le pregunta, nene, somos pareja o qué coño somos? Y él, con la caraja, le responde que la duda ofende, cari. Sólo eso, con todo su cuajo,y no aclara nada.Un par de hostias le daba yo al pavo.

Le dije a mi amiga que si la cosa sigue igual que le mande a tomar por saco, de verdad, yo a tipos así ni agua les daba. Esos eternos peterpanes que se creen tan molones y lo único que hacen es marear la perdiz. Y comprometerse no está tan mal, no es ponerse una cadena al cuello como nos quiere hacer creer la corriente misógina imperante. Un tipo que rehuye el compromiso -pero sigue follando con una- es un inseguro y un cobarde de mierda. Comprometerse en una relación es una actitud valiente, de tío machote que no elude responsabilidades amorosas y de convivencia. Y si luego resulta que no, que te equivocaste y la relación falla y no va y es un rollo, pues joder, se es adulto y se da marcha atrás, pero al menos se ha intentado. Que el que no se arriesga, no vive.