Adoro tener entre manos un libro de seiscientas o más páginas; a mucha gente se le atraganta pero para mi es un plus, ese libraco que me espera al lado de la cama y junto a que suspiro pasar un rato antes de dormir. Adoro pasar páginas y comprobar que faltan muchas para el desenlace. Adoro el peso de los libros gruesos; ni comparación esa molestia gustosa entre las manos a la sosería del libro electrónico. Yo a veces leo en libro electrónico pero no hay color.
Adoro las buenas, largas historias. Cuando hablo de mi amor por esos libros gruesos me refiero a novelas-río, a sagas interminables, a novelones de aventuras y de fantasía, y a los viejos clásicos que nunca defraudan. Terminé hace días El jilguero, que me ha durado mucho como debe ser. Dicen recuerda a Oliver Twist, una de las primeras novelas largas que leí. Son recuerdos maravillosos, el pobre Oliver, el atractivo Conde de Montecristo, la desgraciada Fortunata. Ah, y los mohicanos, qué tristeza.
Yo me agarro a los libros de forma visceral. Si mientras lo hago, ellos me atrapan, me dejo hacer lo que deseen. Pero si son un bluff, un quiero y no puedo, una decepción, entonces, los guardo para otro día. Tengo libros que duermen y esperan que alguna vez vuelva a ellos. Otros están desterrados para siempre porque, desde la tercera página, no me despertaron pasión. Soy casquivana, los uso y los mantengo a mi servicio, olvido a los que no me sirvieron bien.
Ahora he empezado otra de romanos, da gusto volver a ellos de vez en cuando, volver a encararse con las venerables movidas del Imperio; no ofrecen literatura de postín pero no se si saben que eso me importa un bledo. Una traición bien pergeñada, el relato trepidante de una carrera de cuádrigas, intrigas y maldades variopintas, para mi eso no tiene precio. Son unas mildoscientas páginas y pesa lo que no está escrito.
Suspiro de amor.
jueves, 19 de marzo de 2015
jueves, 5 de marzo de 2015
Mi absurda filosofía del amor
Llevo más vida enamorada que sin estarlo. Podría calificarme como muy enamoradiza, si ese término no sonara tan frívolo. Podría sonar a coñazo supremo si entendemos estar enamorada como un estado de memez perpetua. Pero no creo ser tan tonta. Un poco sí, la tontería de las ingenuas; para estar permanentemente enamorada, hay que ser muy ingenua.
A mi me deprime mucho la gente a la que le cuesta enamorarse, la gente que va de durita. Para mi es tan sencillo que ya digo, puedo pecar de frívola o de insensata. Más aún me deprime esa gente que, llegada una edad y una pareja, declara vivir en un estado de tranquilidad -o pasividad- emocional. Esos que dicen que ya no volvieron a vivir el amor apasionado y ese rollo. Son como muy prudentes.
Yo soy muy prudente, cierto, pero no en temas de amor. Ahí yo siempre me he tirado de cabeza y sin red. Quitándome lo bailao. He conseguido buenos chichones y también buenas historias para contar frente al fuego -o al menos, para recordar antes de dormir-. También he aprendido a reírme un poco de la nostalgia, de lo que ocurrió y no volvió y de todo lo que nunca pasó. Es bueno reírse del amor.
Hace poco escribía sobre mi primer amor pero era mentira porque me enamoré por primera vez con siete años -era rubito y sale a mi lado en una foto de mi comunión. Era amor de verdad, un amor de renacuaja pero las sensaciones de flotar y levitar, sentir el sabor dulce en la boca, adorar canciones, cualquier canción, soñar despierta, olfatear las flores de naranjo como un milagro, mirarse al espejo, verse hermosa, todas esas emociones que reconozco tan bien aparecieron con siete años y, benditas sean, casi nunca desaparecieron. ¿Es o no es de ingenuas estar siempre así?
Soy una heteroamorosa. Soy incapaz, hasta ahora, de enamorarme de mujeres (otra cuestión es que las desee). Se diferenciar entre deseo y amor, aunque suelo llevarlos muy de la mano, realmente no me gusta desperdiciar ninguna ocasión emocional. También soy poliamorosa, se desenamorarme y volverme a enamorar, amar y desear dejar de hacerlo. No me gusta llorar de amor y menos aún me gusta enamorarme ciegamente (dejemos esas movidas atrás), tampoco me gusta ya ese estado de gilipollas que supone el encoñamiento. Yo ya se enamorame sin encoñarme. Son logros de la edad.
También me he enamorado después de fracasar, he hecho eso tan mal visto de a rey muerto, rey puesto, yo es que soy muy práctica y no me gusta sufrir por amor, es una especie de pérdida de tiempo y un insulto a la vida. Las sufrientes de amor yo es que no las soporto, no hay ninguna grandeza en amar a quien te desaira y es de ser muy desconsiderada con una misma y una pesada con los demás.
He tenido mis épocas cargantes y me he enamorado de gilipollas y de héroes, de utopías, amores breves y amores de largo recorrido, incómodos y huidizos, algunos destinados al fracaso desde el primer encuentro, absurdos, lentos y exasperantes. Pero otros han sido ciertos, veloces y a la vez formidables. Excepcionales. Desmedidos. Sin medida. Esos, que no acaben. No quiero, realmente, llegar a vieja y ser una cutre.
A mi me deprime mucho la gente a la que le cuesta enamorarse, la gente que va de durita. Para mi es tan sencillo que ya digo, puedo pecar de frívola o de insensata. Más aún me deprime esa gente que, llegada una edad y una pareja, declara vivir en un estado de tranquilidad -o pasividad- emocional. Esos que dicen que ya no volvieron a vivir el amor apasionado y ese rollo. Son como muy prudentes.
Yo soy muy prudente, cierto, pero no en temas de amor. Ahí yo siempre me he tirado de cabeza y sin red. Quitándome lo bailao. He conseguido buenos chichones y también buenas historias para contar frente al fuego -o al menos, para recordar antes de dormir-. También he aprendido a reírme un poco de la nostalgia, de lo que ocurrió y no volvió y de todo lo que nunca pasó. Es bueno reírse del amor.
Hace poco escribía sobre mi primer amor pero era mentira porque me enamoré por primera vez con siete años -era rubito y sale a mi lado en una foto de mi comunión. Era amor de verdad, un amor de renacuaja pero las sensaciones de flotar y levitar, sentir el sabor dulce en la boca, adorar canciones, cualquier canción, soñar despierta, olfatear las flores de naranjo como un milagro, mirarse al espejo, verse hermosa, todas esas emociones que reconozco tan bien aparecieron con siete años y, benditas sean, casi nunca desaparecieron. ¿Es o no es de ingenuas estar siempre así?
Soy una heteroamorosa. Soy incapaz, hasta ahora, de enamorarme de mujeres (otra cuestión es que las desee). Se diferenciar entre deseo y amor, aunque suelo llevarlos muy de la mano, realmente no me gusta desperdiciar ninguna ocasión emocional. También soy poliamorosa, se desenamorarme y volverme a enamorar, amar y desear dejar de hacerlo. No me gusta llorar de amor y menos aún me gusta enamorarme ciegamente (dejemos esas movidas atrás), tampoco me gusta ya ese estado de gilipollas que supone el encoñamiento. Yo ya se enamorame sin encoñarme. Son logros de la edad.
También me he enamorado después de fracasar, he hecho eso tan mal visto de a rey muerto, rey puesto, yo es que soy muy práctica y no me gusta sufrir por amor, es una especie de pérdida de tiempo y un insulto a la vida. Las sufrientes de amor yo es que no las soporto, no hay ninguna grandeza en amar a quien te desaira y es de ser muy desconsiderada con una misma y una pesada con los demás.
He tenido mis épocas cargantes y me he enamorado de gilipollas y de héroes, de utopías, amores breves y amores de largo recorrido, incómodos y huidizos, algunos destinados al fracaso desde el primer encuentro, absurdos, lentos y exasperantes. Pero otros han sido ciertos, veloces y a la vez formidables. Excepcionales. Desmedidos. Sin medida. Esos, que no acaben. No quiero, realmente, llegar a vieja y ser una cutre.
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lunes, 2 de marzo de 2015
Más sobre feminismo y BDSM
Leo este artículo en el Huffington Post y a continuación los airados comentarios que le hacen a la autora en twitter. Los comentaristas no entienden que se pueda ser sumisa y feminista a la vez pero es que el título lleva a engaño, porque la autora describe la relación que mantiene con su Amo pero apenas explica por qué es feminista; emplea, además, un tono lírico, ese de sumisa-muy-enamorada, que no ayuda demasiado a empatizar con ella si eres desconocedor del BDSM.
Narrar una relación BDSM en un tono poético no ayuda a explicar qué hay de feminismo en ella. Hablamos de amor, de cuánto nos subyuga el Dominante, de adoración y blablabla y ya estamos describiendo un vínculo de dependencia. Lógicamente en tales términos no podemos justificar una historia BDSM. En este blog siempre lo hemos dicho.
También hemos dicho que para embarcarse en una relación BDSM hay que ser maduro, sensato, hay que tener todos los frentes cubiertos, ningún miedo, complejo, nada de baja autoestima ni necesidad de ser aceptado. Hay que ser independiente en afectos y estable en emociones. No se puede buscar un príncipe azul, nadie que la salve a una, nadie que me ofrezca una vida que no pueda una solita conseguir. Y hay que ser feminista.
Es fácil defender el sexo en un contexto BDSM desde una perspectiva feminista. El dejarse utilizar como un objeto carnal es una opción sexual elegida libremente que me estimula y me provoca placer. Es un sexo que se habla, es un juego pactado, atado y bien atado (nunca mejor dicho). Sensato, seguro y consensuado, ya saben, que en mi forma de interpretarlo no tiene ambigüedad alguna. Ni tampoco pierde espontaneidad ni diversión.
El problema se me plantea para explicar de manera feminista otros aspectos del BDSM como el control y la servidumbre. Desde una perspectiva de juego sexual es fácil dejar que el Dominante controle la ropa del día, servir la comida puede ser un estímulo más en la relación que no interfiere en mi feminismo, dado que cumple con el objetivo de proporcionarme placer y excitación, está pactado con mi pareja y lo elijo libremente.
Pero, ¿y en un marco 24/7? ¿en un contexto de dominación/sumisión cotidiana, en una pareja estable y amorosa? Una historia más o menos como la que cuenta la sumisa del Huffington Post. ¿Hasta qué punto el amor por el Amo se convierte de dependencia y hasta qué punto el miedo a perder un vínculo tan fuerte y apasionado lleva a olvidar las elecciones libres y consensuadas?
Desde mi punto de vista para establecer un compromiso con tu pareja de tipo BDSM y con aspiraciones a 24/7 la idea del fracaso debe rondar constantemente. No en plan pesimista, no en plan, "esta historia no puede acabar bien". Entendamos el concepto "fracaso" como "probemos esta forma de relacionarnos y si no nos va bien, no pasa nada". Quitarle trascendencia (que no profundidad) al asunto, vaya.
Desde ese planteamiento yo entiendo ser feminista y sumisa (o incluso, esclava, esa palabrita tan molona y excitante). Un proyecto de pareja no finalista, como siempre digo aquí, usar el BDSM como medio y no como objetivo. Así, aquello del BDSM que teóricamente colisiona con el feminismo (el control, la servidumbre, la adoración) puede seguir siendo un instrumento placentero que se deja cuando ya no proporciona placer. Si esto ocurre (que, tarde o temprano, será lo más probable) no tiene por qué suponer el fracaso de la historia de amor; para la sumisa del Huffington Post puede que sí pero es que yo en su historia ya digo que leo mucha dependencia y poco feminismo. Allí donde ella dice que ser sumisa la transforma, la hace mejor, yo pondría: ser feminista me transforma, me hace mejor; como feminista, yo elijo la manera de ser feliz en el sexo y en mis relaciones de pareja y si, por un tiempo, la sumisión lo hace, bienvenida sea.
Narrar una relación BDSM en un tono poético no ayuda a explicar qué hay de feminismo en ella. Hablamos de amor, de cuánto nos subyuga el Dominante, de adoración y blablabla y ya estamos describiendo un vínculo de dependencia. Lógicamente en tales términos no podemos justificar una historia BDSM. En este blog siempre lo hemos dicho.
También hemos dicho que para embarcarse en una relación BDSM hay que ser maduro, sensato, hay que tener todos los frentes cubiertos, ningún miedo, complejo, nada de baja autoestima ni necesidad de ser aceptado. Hay que ser independiente en afectos y estable en emociones. No se puede buscar un príncipe azul, nadie que la salve a una, nadie que me ofrezca una vida que no pueda una solita conseguir. Y hay que ser feminista.
Es fácil defender el sexo en un contexto BDSM desde una perspectiva feminista. El dejarse utilizar como un objeto carnal es una opción sexual elegida libremente que me estimula y me provoca placer. Es un sexo que se habla, es un juego pactado, atado y bien atado (nunca mejor dicho). Sensato, seguro y consensuado, ya saben, que en mi forma de interpretarlo no tiene ambigüedad alguna. Ni tampoco pierde espontaneidad ni diversión.
El problema se me plantea para explicar de manera feminista otros aspectos del BDSM como el control y la servidumbre. Desde una perspectiva de juego sexual es fácil dejar que el Dominante controle la ropa del día, servir la comida puede ser un estímulo más en la relación que no interfiere en mi feminismo, dado que cumple con el objetivo de proporcionarme placer y excitación, está pactado con mi pareja y lo elijo libremente.
Pero, ¿y en un marco 24/7? ¿en un contexto de dominación/sumisión cotidiana, en una pareja estable y amorosa? Una historia más o menos como la que cuenta la sumisa del Huffington Post. ¿Hasta qué punto el amor por el Amo se convierte de dependencia y hasta qué punto el miedo a perder un vínculo tan fuerte y apasionado lleva a olvidar las elecciones libres y consensuadas?
Desde mi punto de vista para establecer un compromiso con tu pareja de tipo BDSM y con aspiraciones a 24/7 la idea del fracaso debe rondar constantemente. No en plan pesimista, no en plan, "esta historia no puede acabar bien". Entendamos el concepto "fracaso" como "probemos esta forma de relacionarnos y si no nos va bien, no pasa nada". Quitarle trascendencia (que no profundidad) al asunto, vaya.
Desde ese planteamiento yo entiendo ser feminista y sumisa (o incluso, esclava, esa palabrita tan molona y excitante). Un proyecto de pareja no finalista, como siempre digo aquí, usar el BDSM como medio y no como objetivo. Así, aquello del BDSM que teóricamente colisiona con el feminismo (el control, la servidumbre, la adoración) puede seguir siendo un instrumento placentero que se deja cuando ya no proporciona placer. Si esto ocurre (que, tarde o temprano, será lo más probable) no tiene por qué suponer el fracaso de la historia de amor; para la sumisa del Huffington Post puede que sí pero es que yo en su historia ya digo que leo mucha dependencia y poco feminismo. Allí donde ella dice que ser sumisa la transforma, la hace mejor, yo pondría: ser feminista me transforma, me hace mejor; como feminista, yo elijo la manera de ser feliz en el sexo y en mis relaciones de pareja y si, por un tiempo, la sumisión lo hace, bienvenida sea.
jueves, 26 de febrero de 2015
Mi top-ten de escenas musicales en películas no musicales
Iba a montarme un post de pelis musicales pero me estaba saliendo soso y leeento y se me cruzaron momentos musicales en películas de géneros diferentes. El requisito para figurar en la lista, aparte de gustarme a morir, es que sea un tema cantado, interpretado o bailado en la escena y no banda sonora acompañante. No se si me explico. En fin, que éstos son algunos de mis favoritos (pero, como siempre, no todos y no en riguroso orden)
10. Miss Hepburn cantando Moon river en Breakfast at Tiffany´s. No es una de mis películas imprescindibles, es más, en momentos le tengo muchísima tirria al personaje de Hepburn y su petardez extrema. Diría más, este dulcísimo y preciosísimo tema no va nada con el personaje de escort frivolona ideado por Truman Capote. Pero quién se resiste.
9. Cameron Diaz canta I just don´t know what to do with myself en karaoke. La muy cabrita de Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo, que no soporta dejar de ser follamiga del alma, intenta jugársela a toda costa a Cameron. Me encanta este terrible karaoke porque todos hemos vivido algo así, yo en mis propias carnes, cantar un tema de manera inepta y que la peña te aplauda, venirte arriba del subidón y ser extremadamente feliz.
8. El inenarrable Duelo de banjos de Deliverance precede a una de las películas de mayor mal rollito de todos los tiempos. Sin espoilear demasiado diré que los amigotes urbanitas ya meten la pata desde el minuto uno, con Ronnie Cox empeñado en estrechar la mano del chavalín rarete. El ritmo del duelo, sin embargo, se mete en el cuerpo y es imposible olvidarlo. Endiablada.
7. La escena de El rapto del serrallo en Amadeus. Me ha costado elegir una escena de esta peli que, en mi opinión, no ha perdido ni fuerza ni belleza. Lo que ocurre es que aquí Salieri/Murray Abraham, brilla especialmente en su delirio envidioso, mezclando el fracaso artístico con el amor. Y El rapto del serrallo es una delicia; yo, que soy tan llorona, me quedo en este momento vibrante y paso un poco de puntillas en Don Giovanni.
6. Marilyn Monroe canta I wanna be loved by you en Con faldas y a lo loco. Quería poner alguna escena de comedia clásica y ésta no tiene desperdicio. La canción no es nada del otro mundo, lo interesante es lo que ocurre al fondo, en la banda: el tonteo de Dafne/Jerry con Mr Osgood, el botones queriendo sacar provecho de la noche, Tony Curtis de adorable caradura forever. El genio de Billy Wilder en menos de tres minutos, lo que dura una canción.
5. Almodóvar siempre pone temas chulos en sus películas y también me costó decidirme: Sara Montiel en La mala educación; Luz Casal en Tacones lejanos o el Dúo Dinámico en Átame. Pero yo siempre me quedo con Lo dudo de La ley del deseo. Es mi película de Almodóvar favorita y es el final perfecto. Banderas y Poncela se besan, se derriten, el resto del personal aguarda expectante en la noche de verano, mueres de amor.
4 Kevin Kline baila I will survive porque ya no se aguanta más, en In and Out. Yo no entiendo por qué desaprovechan a un tipo solvente como Kevin Kline, que sabe de comedia y de drama (véanlo en La tormenta de hielo, que está sublime). En In and Out se luce como nadie y en esta escena usa, abusa y hace suyos todos los tópicos, hey, you sissy boy. Y quién nunca haya bailado con el I will survive no tiene alma.
3. El capitán Aubrey y el doctor Maturin interpretan a Boccherini en Master and Commander. Demos gracias a esta peli por descubrir a Boccherini al gran público y a Peter Weir por respetar el espíritu de las novelas de Patrick O´Brian. En esta escena el capitán Aubrey (que para siempre tendrá el rostro de Russell Crowe) se pone a tocar el violín como si tal cosa, después de ordenar perseguir una vez más al Acheron. La persecución sin sentido, sin final, absurda y mortal pero qué más da: ellos son caballeros del Imperio y no quieren ver la guillotina en Piccadilly
2. Harrison y Kelly bailan Wonderfull world, en Único testigo, sí, otra de Peter Weir que lleva demasiado tiempo sin rodar. Es muy fácil enamorarse de esta escena sin trampa ni cartón. Podían haberse besado, el poli y la amish, pero no, ellos bailan en el granero, se miran con ganas, babean un montón, tiemblan y aprovechan el instante. Qué tremenda.
y para terminar
1. Los pringados cantan Always Look On The Bright Side of Life en La vida de Brian. Hay que ser pringado y a la vez ingenuo de la vida para cantar mientras te mueres crucificado, rodeado de escoria. Pero, como dice la letra, la vida es absurda pero mola muchísimo ser el último en reír. Háganlo su lema de vida y déjense de gaitas.
10. Miss Hepburn cantando Moon river en Breakfast at Tiffany´s. No es una de mis películas imprescindibles, es más, en momentos le tengo muchísima tirria al personaje de Hepburn y su petardez extrema. Diría más, este dulcísimo y preciosísimo tema no va nada con el personaje de escort frivolona ideado por Truman Capote. Pero quién se resiste.
9. Cameron Diaz canta I just don´t know what to do with myself en karaoke. La muy cabrita de Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo, que no soporta dejar de ser follamiga del alma, intenta jugársela a toda costa a Cameron. Me encanta este terrible karaoke porque todos hemos vivido algo así, yo en mis propias carnes, cantar un tema de manera inepta y que la peña te aplauda, venirte arriba del subidón y ser extremadamente feliz.
8. El inenarrable Duelo de banjos de Deliverance precede a una de las películas de mayor mal rollito de todos los tiempos. Sin espoilear demasiado diré que los amigotes urbanitas ya meten la pata desde el minuto uno, con Ronnie Cox empeñado en estrechar la mano del chavalín rarete. El ritmo del duelo, sin embargo, se mete en el cuerpo y es imposible olvidarlo. Endiablada.
7. La escena de El rapto del serrallo en Amadeus. Me ha costado elegir una escena de esta peli que, en mi opinión, no ha perdido ni fuerza ni belleza. Lo que ocurre es que aquí Salieri/Murray Abraham, brilla especialmente en su delirio envidioso, mezclando el fracaso artístico con el amor. Y El rapto del serrallo es una delicia; yo, que soy tan llorona, me quedo en este momento vibrante y paso un poco de puntillas en Don Giovanni.
6. Marilyn Monroe canta I wanna be loved by you en Con faldas y a lo loco. Quería poner alguna escena de comedia clásica y ésta no tiene desperdicio. La canción no es nada del otro mundo, lo interesante es lo que ocurre al fondo, en la banda: el tonteo de Dafne/Jerry con Mr Osgood, el botones queriendo sacar provecho de la noche, Tony Curtis de adorable caradura forever. El genio de Billy Wilder en menos de tres minutos, lo que dura una canción.
5. Almodóvar siempre pone temas chulos en sus películas y también me costó decidirme: Sara Montiel en La mala educación; Luz Casal en Tacones lejanos o el Dúo Dinámico en Átame. Pero yo siempre me quedo con Lo dudo de La ley del deseo. Es mi película de Almodóvar favorita y es el final perfecto. Banderas y Poncela se besan, se derriten, el resto del personal aguarda expectante en la noche de verano, mueres de amor.
4 Kevin Kline baila I will survive porque ya no se aguanta más, en In and Out. Yo no entiendo por qué desaprovechan a un tipo solvente como Kevin Kline, que sabe de comedia y de drama (véanlo en La tormenta de hielo, que está sublime). En In and Out se luce como nadie y en esta escena usa, abusa y hace suyos todos los tópicos, hey, you sissy boy. Y quién nunca haya bailado con el I will survive no tiene alma.
3. El capitán Aubrey y el doctor Maturin interpretan a Boccherini en Master and Commander. Demos gracias a esta peli por descubrir a Boccherini al gran público y a Peter Weir por respetar el espíritu de las novelas de Patrick O´Brian. En esta escena el capitán Aubrey (que para siempre tendrá el rostro de Russell Crowe) se pone a tocar el violín como si tal cosa, después de ordenar perseguir una vez más al Acheron. La persecución sin sentido, sin final, absurda y mortal pero qué más da: ellos son caballeros del Imperio y no quieren ver la guillotina en Piccadilly
2. Harrison y Kelly bailan Wonderfull world, en Único testigo, sí, otra de Peter Weir que lleva demasiado tiempo sin rodar. Es muy fácil enamorarse de esta escena sin trampa ni cartón. Podían haberse besado, el poli y la amish, pero no, ellos bailan en el granero, se miran con ganas, babean un montón, tiemblan y aprovechan el instante. Qué tremenda.
y para terminar
1. Los pringados cantan Always Look On The Bright Side of Life en La vida de Brian. Hay que ser pringado y a la vez ingenuo de la vida para cantar mientras te mueres crucificado, rodeado de escoria. Pero, como dice la letra, la vida es absurda pero mola muchísimo ser el último en reír. Háganlo su lema de vida y déjense de gaitas.
viernes, 20 de febrero de 2015
En el cerro
Una de las cosas que más me gustan de esta vida es tirarme en la hierba en los días del sol de invierno. A mi que me dejen de meditación y pajas mentales. A mi lo que de verdad me centra y me apacigua el corazón es tumbarme en la hierba. No hace falta que sea el paraje más maravilloso del mundo. Sólo que haya abundante verde, fresco y fragante, si puede ser con algunas flores amarillas. Bichitos que zumben alrededor y que el sol pique lo suficiente como para quedarme en camiseta.
De pequeña subía a jugar a un cerro que había tras mi casa. Parecía un cerro alto pero entonces yo sólo tenía seis, siete años. En realidad es una caca de cerro, enano y ya se lo ha comido la ciudad. Pero tenía, en aquella época, todos los requisitos: hierba, flores -unas coloradas que se llaman conejitos, creo-, pajaritos, abejorros, toda la pesca.
En realidad yo no jugaba mucho, que siempre fui muy contemplativa, y prefería sentarme en lo alto del cerro a mirar la ciudad. Era fantástico estar allí arriba -a mi me parecía estar muy lejos- y oír pitidos de coches, ladridos, la voz alta de algún vecino. Me encantaba aquel barrio tan humilde y cercano y, sobre todo, adoraba contemplarlo desde lo alto, cada detalle de azoteas y ropa tendida, antenas de televisión, tejados de uralita.
Íbamos siempre las tardes templadas de invierno -impensable ir en verano- que son tan cortas y sólo se podía aprovechar a gusto una hora larga. Luego el sol se iba poniendo tras el cerro y había que bajar a merendar. Yo era muy pequeña pero recuerdo que me aferraba a cada sensación -olor de hierba, piar de jilgueros, zumbidos, ladridos lejanos, el color amarillo, el rojo, el azul- y notaba siempre una leve angustia. La certeza de que aquello tenía un final y era doloroso.
Ya digo que ni está ese cerro verde, ni la casa dónde yo vivía -aunque sí el barrio, que sigue igual- pero hay otros cerros y otra hierba y el sol sigue calentando de manera confortable, como este mediodía.
jueves, 12 de febrero de 2015
El tiempo, el frío
Este frío me hace olvidar. Detesto el frío, la humedad y olvidar fechas del calendario, olvidar anotar fechas en el calendario. Pasar días de un calendario que no se mueve y olvidar aquello importante que ocurrió, ese día, puñetero día, por celebrarlo de algún modo. Y olvidarlo.
El frío aletarga y por eso lo detesto, me entumece los dedos y, ay, quizás también el corazón. Yo digo que no, afirmo que no, que jamás, pero es obvio que olvido y si olvido es que alguna neurona (la neurona que jalea al corazón) se me habrá entumecido.
Qué odioso pensamiento.
Pero la que avisa no es traidora y por eso escribo esta entrada, para que el día que la revise (yo reviso mis entradas, qué pasa) caiga en la cuenta de eso que olvidé. Puede que me anime, entonces igual que ayer mismo, a repasar viejas fotos, viejas frases, viejos recuerdos. Joder, viejísimos.
El frío aletarga y por eso lo detesto, me entumece los dedos y, ay, quizás también el corazón. Yo digo que no, afirmo que no, que jamás, pero es obvio que olvido y si olvido es que alguna neurona (la neurona que jalea al corazón) se me habrá entumecido.
Qué odioso pensamiento.
Pero la que avisa no es traidora y por eso escribo esta entrada, para que el día que la revise (yo reviso mis entradas, qué pasa) caiga en la cuenta de eso que olvidé. Puede que me anime, entonces igual que ayer mismo, a repasar viejas fotos, viejas frases, viejos recuerdos. Joder, viejísimos.
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jueves, 5 de febrero de 2015
Bailar y hacer el payaso
Tenía una cita para bailar y hacer el payaso, una cita casi obligatoria aunque le di mil vueltas a mil excusas para quedarme en casa. La tentación de hacer payasadas frente al miedo a hacer el ridículo espantoso. Busqué excusas y no encontré ninguna decente. Así que hice lo que siempre hago en los casos de temor e incertidumbre: dejarme llevar y que pase lo que tenga que pasar.
Para mi no es nuevo bailar y payasear porque ya he contado que soy actrizfrustrada, reprimida, malograda, fracasada, inédita y no se me caen los anillos por hacer el mamarracho. Tengo que ponerme, eso sí, no soy la reina de la improvisación y si me entra el ataque de gran tímida, el resultado es nefasto. Las grandes tímidas (y pelín anacoretas) podemos pasar de la sobreactuación al pánico escénico en un milisegundo.
Pero en esta ocasión se trataba de bailar y hacer el payaso de una forma diferente y nueva, por lo que "el miedo a lo desconocido" me traía de cabeza. Fui, bailé, hice gansadas y en hora y media me sentí satisfecha, con la misión cumplida y ganas de más. Cuando pasan esas cosas, es una delicia vivir.
(esta mañana me he cabreado a cuenta de un capullo y aún -a las cinco menos cuarto de la tarde- me dura el cabreo. tengo que recuperar y por eso escribo)
En realidad en hora y media no ocurrió nada nuevo porque pensé y sentí lo que me esfuerzo por pensar y sentir cada día (no a todas horas, sería BRUTAL si fuera así siempre). Sólo que esa hora y media reafirma verdades, asienta certezas. La simplicidad, la ingenuidad, la franqueza y la alegría. Sentirla y compartirla aunque se le ponga a una cara de boba y de payasa.
Para mi no es nuevo bailar y payasear porque ya he contado que soy actriz
Pero en esta ocasión se trataba de bailar y hacer el payaso de una forma diferente y nueva, por lo que "el miedo a lo desconocido" me traía de cabeza. Fui, bailé, hice gansadas y en hora y media me sentí satisfecha, con la misión cumplida y ganas de más. Cuando pasan esas cosas, es una delicia vivir.
(esta mañana me he cabreado a cuenta de un capullo y aún -a las cinco menos cuarto de la tarde- me dura el cabreo. tengo que recuperar y por eso escribo)
En realidad en hora y media no ocurrió nada nuevo porque pensé y sentí lo que me esfuerzo por pensar y sentir cada día (no a todas horas, sería BRUTAL si fuera así siempre). Sólo que esa hora y media reafirma verdades, asienta certezas. La simplicidad, la ingenuidad, la franqueza y la alegría. Sentirla y compartirla aunque se le ponga a una cara de boba y de payasa.
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