jueves, 5 de febrero de 2015

Bailar y hacer el payaso

Tenía una cita para bailar y hacer el payaso, una cita casi obligatoria aunque le di mil vueltas a mil excusas para quedarme en casa. La tentación de hacer payasadas frente al miedo a hacer el ridículo espantoso. Busqué excusas y no encontré ninguna decente. Así que hice lo que siempre hago en los casos de temor e incertidumbre: dejarme llevar y que pase lo que tenga que pasar.

Para mi no es nuevo bailar y payasear porque ya he contado que soy actriz frustrada, reprimida, malograda, fracasada, inédita y no se me caen los anillos por hacer el mamarracho. Tengo que ponerme, eso sí, no soy la reina de la improvisación y si me entra el ataque de gran tímida, el resultado es nefasto. Las grandes tímidas (y pelín anacoretas) podemos pasar de la sobreactuación al pánico escénico en un milisegundo.

Pero en esta ocasión se trataba de bailar y hacer el payaso de una forma diferente y nueva, por lo que "el miedo a lo desconocido" me traía de cabeza. Fui, bailé, hice gansadas y en hora y media me sentí satisfecha, con la misión cumplida y ganas de más. Cuando pasan esas cosas, es una delicia vivir.

(esta mañana me he cabreado a cuenta de un capullo y aún -a las cinco menos cuarto de la tarde- me dura el cabreo. tengo que recuperar y por eso escribo)

En realidad en hora y media no ocurrió nada nuevo porque pensé y sentí lo que me esfuerzo por pensar y sentir cada día (no a todas horas, sería BRUTAL si fuera así siempre). Sólo que esa hora y media reafirma verdades, asienta certezas. La simplicidad, la ingenuidad, la franqueza y la alegría. Sentirla y compartirla aunque se le ponga a una cara de boba y de payasa.


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