La gente que viene de fuera se pirra por visitar la Roca. Lo entiendo, es un lugar que mezcla el cutrerío más rancio de cueva de piratas y una combinación exótica gaditano-británica. Tiene rincones apestosos, de un urbanismo demencial y tiene parajes mágicos, donde recuperas la confianza en el poder de la naturaleza.
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| Almuerzo on the rocks |
Yo llevo años sin poner un pie en la Roca. Da una pereza tremenda aguantar la cola de la entrada y de la salida y siempre me digo, ¿para qué? Pero hubo un tiempo en que la visitaba cada mes. Era una jornada divertidísima, con la compañera más querida y adorada: mi abuela.
Mi abuela trabajó de criada en los tiempos en que a este lado de la frontera se pasaba hambre. Limpiaba y atendía las casas de familias británicas, normalmente militares que supongo languidecían por volver a la metrópoli. Me contaba, mi abuela, que las inglesas eran unas mamarrachas cocinando. Una carne hervida y un puñado de guisantes, eso ponían para almorzar. Y que eran muy guarras y dejaban los condones usados junto a la cama. Me lo contaba, se partía de risa y yo con ella. Era su pequeña venganza.
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| Horribles caramelos de regaliz |
Cada mes yo acompañaba a mi abuela a la Roca para que cobrara su pensión. Visitábamos un edificio polvoriento -casi todo en la Roca es polvoriento-, firmaba con mano temblona y se guardaba las libras correspondientes. Casi siempre me hacía un regalo. Recorríamos la calle Real y yo me metía en el HyM, en Dorothy Perkins y en The Body Shop. También nos comprábamos unos pasteles gigantes -mi abuela mataba por los pasteles- y al final, lo típico: mantequilla, azúcar, chocolate Cadbury y esos caramelos asquerosos con sabor a regaliz.
Creo que no he vuelto desde que ella murió, ya digo que me da pereza y quizás un poco de nostalgia. No comparto la beligerancia de estos días, hay cosas que me pueden dar coraje, pero en el fondo, no pasan de anécdotas. Y sobre todo, me gusta que esté ahí, cada día.