He acabado de pasar unas doscientas fotos del móvil al portátil y de ahí al disco duro externo que acabará por transformarse en un mini-espacio-diógenes. Mi viejo pc lo petó ayer mismo. Fui a encenderlo y no encendió, consulté al doctor google sobre posibles soluciones, por consolarme pero se que no tiene arreglo. Era viejísimo, tardaba eones en arrancar y el ventilador sonaba como un viejo achacoso.
He repasado todas las fotos que acabo de archivar, fotos que van del otoño pasado al último viernes (como siempre, constato que salgo en pocas y bien, en menos; nunca jamás lograré ser fotogénica) y compruebo que he pasado el mismo tiempo sin escribir.
A mi me ha parecido un océano de tiempo que ha resultado fantástico: no he echado nada de menos este blog -a veces un poquito cuando sonaba alguna de esas canciones-. Hasta, lo reconozco, me he solazado este invierno con mi maldad de ex-escritora o ex-bloguera que mantiene en el olvido a su criatura. No ha sido sequía creativa, ni falta de inspiración. Ha sido un puro y avieso experimento de "a ver qué pasa conmigo" y mi poda radical de emociones.
Mi viejo pc estuvo meses arrinconado y creo que se me murió por inanición. Dejé de alimentarlo, yo que lo aporreaba a diario con mis dramas. Pobrecillo, tanta tabarra que le di durante años para acabar olvidado y un poquito despreciado. Lo que es el tiempo:unos meses tan solo -con un cambio de año entremedias- y parezco otra. Me gustaría saber ya qué sale de ésto.
sábado, 27 de febrero de 2016
sábado, 24 de octubre de 2015
Contra los espacios femeninos
El domingo estuve almorzando fuera y mirando a la gente que se sentaba en las mesas próximas, es una costumbre muy fea que tengo. En la mesa de mi derecha se agrupaban cuatro matrimonios mayores, ocho damas y caballeros de más de 65 años, arreglados de domingo. Como es habitual, los caballeros se sentaban a un lado y las damas a otro y aunque la conversación era animada y general, se advertía la complicidad masculina y femenina en cada grupo.
Yo huyo de la exclusividad femenina en los restaurantes cuando salgo a comer con un grupo de gente. Alguna vez me ha ocurrido que he llegado con retraso y las mujeres de la pandilla me han guardado sitio junto a ellas. Así de manera supersolidaria. Quién se niega a tanta bondad.
Me paso por una web de mujeres que una amiga enlaza en facebook. Un espacio femenino y entiendo que para muchas sea necesario pero a mi esas exclusividades me dan arcadas. La web que digo pretende ser un lugar de encuentro de almas sensibles, un sitio donde mujeres de todo tipo compartan afectos, cuidados, un espacio de reafirmación y emponderamiento... esas cosas. A mi tanta corrección y tanta camaradería ya digo que me hace vomitar.
Entiendo que haya feminismos que abogan por los espacios no mixtos pero a mi esas cosas me recuerdan a cuando iba a mi colegio, que era público pero las niñas no se juntaban con los niños, ni siquiera en el recreo, -una línea imaginaria en el centro del patio nos separaba y ay de quién osara sobrepasarla. Tanta niña junta, y ahora, reunirme sólo con mujeres es una situación que me abruma.
Entiendo que existan esos feminismos que no desean compartir espacios con tipos que les resultan agresivos pero no comparto esa forma de acción feminista. ¿Es una especie de huida? ¿Se hace una mujer más fuerte mediante la exclusión? Me resulta muy insultante el concepto de hacernos fuertes mediante la huida o el rechazo de los otros. Tampoco entiendo que se monten espacios de esencia femenina como si las características de sensibilidad y afectividad no sean también masculinas. A mi nunca me gustó calificarme como mujer sensible frente a machos insensibles. Ni lo soy ni lo he vivido.
Me gustan los espacios compartidos con mujeres y sobre todo, con hombres. Espacios mixtos que les llaman. No se crean que lo hago con mucha frecuencia porque huyo de los agrupamientos pero en el trabajo y en los momentos de ocio prefiero mezclarme y, si se da el caso de recibir esos pequeños ataques micromachistas que surgen como las setas, prefiero reaccionar y enfrentarme a salir corriendo hacia un detestable espacio seguro y femenino.
Yo huyo de la exclusividad femenina en los restaurantes cuando salgo a comer con un grupo de gente. Alguna vez me ha ocurrido que he llegado con retraso y las mujeres de la pandilla me han guardado sitio junto a ellas. Así de manera supersolidaria. Quién se niega a tanta bondad.
Me paso por una web de mujeres que una amiga enlaza en facebook. Un espacio femenino y entiendo que para muchas sea necesario pero a mi esas exclusividades me dan arcadas. La web que digo pretende ser un lugar de encuentro de almas sensibles, un sitio donde mujeres de todo tipo compartan afectos, cuidados, un espacio de reafirmación y emponderamiento... esas cosas. A mi tanta corrección y tanta camaradería ya digo que me hace vomitar.
Entiendo que haya feminismos que abogan por los espacios no mixtos pero a mi esas cosas me recuerdan a cuando iba a mi colegio, que era público pero las niñas no se juntaban con los niños, ni siquiera en el recreo, -una línea imaginaria en el centro del patio nos separaba y ay de quién osara sobrepasarla. Tanta niña junta, y ahora, reunirme sólo con mujeres es una situación que me abruma.
Entiendo que existan esos feminismos que no desean compartir espacios con tipos que les resultan agresivos pero no comparto esa forma de acción feminista. ¿Es una especie de huida? ¿Se hace una mujer más fuerte mediante la exclusión? Me resulta muy insultante el concepto de hacernos fuertes mediante la huida o el rechazo de los otros. Tampoco entiendo que se monten espacios de esencia femenina como si las características de sensibilidad y afectividad no sean también masculinas. A mi nunca me gustó calificarme como mujer sensible frente a machos insensibles. Ni lo soy ni lo he vivido.
Me gustan los espacios compartidos con mujeres y sobre todo, con hombres. Espacios mixtos que les llaman. No se crean que lo hago con mucha frecuencia porque huyo de los agrupamientos pero en el trabajo y en los momentos de ocio prefiero mezclarme y, si se da el caso de recibir esos pequeños ataques micromachistas que surgen como las setas, prefiero reaccionar y enfrentarme a salir corriendo hacia un detestable espacio seguro y femenino.
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antiteoría en todo,
feminista
domingo, 18 de octubre de 2015
Yo quería ser escritora
Pobre vieja máquina de escribir. En los noventa quedó arrinconada y nunca más la miré. Ha participado en varias mudanzas y por supuesto, en la última quedó arramblada en una estantería acumulando polvo, pero quién tiene la maldad de tirarla a la basura. Yo no.
Tiene unas teclas durísimas, las muy cabronas me hacían añicos los dedos índice de cada mano. Yo sólo se escribir con los índices y soy de golpear obtusamente las teclas, ya saben que le pongo pasión a todo. Así que cuando tenía que acabar alguno de aquellos inacabables trabajos de la carrera, con el tiempo justo, los pobres dedos índice míos terminaban desollados y muy doloridos.
Esa Olivetti baratita produjo trabajos de carrera muy chulos de sobresaliente. Y poemas muy tristes -ahora risibles- de suficiente pelao. No fue mi primera máquina de escribir. Con la primera compuse mi primer cuento a los once años cuando era una ecologista de las primigenias, joder, entonces nadie era ecologista y yo ya escribía feroces críticas a la deforestación. Mi cuento hablaba de un viejo roble sufriente (y en mi tierra no hay ni uno, que aquí lo que tenemos son alcornoques, pero suena menos poético) y lo mandé a un concurso de mayores, así, con dos ovarios: pero tras enviarlo por correo sentí tanta vergüenza que me desentendí y nunca más quise hablar del tema.
Ese ha sido mi problema como escritora. Que me da una vergüenza tremenda hablar del tema. Tengo una amiga del face que va a publicar su primera novela y lo proclama a los cuatro vientos de su muro. Yo admiro esa actitud. Claramente en el momento en que salga su novela ya tendrá a un número considerable de amigos del facebook dispuestos a leerla. Esa es la mentalidad de escritora que yo no tengo. Escribo a escondidas y me pregunto qué trauma infantil del carajo tendré para seguir siendo una anónima a mis años.
Pero ya saben (si me siguen leyendo, joder), soy una insociable y no me voy a bajar del burro.
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lo que yo quería ser,
memoria a secas
viernes, 28 de agosto de 2015
Más sueños cortesanos
He vuelto a soñar que era una ramera, se ve que lo sueño cada tres años. Ha sido un sueño genial. Estoy todo el tiempo en un cuartito muy monacal, con sábanas blancas (me paso parte del sueño pensando que debo cambiar las sábanas pero no lo hago, como cuando sueñas que no puedes caminar y es un agobio). Soy la puta de un pueblo de mineros. No se si hay influencias oscurísimas de un Click de Manara que leí hace siglos. El caso es que tengo muy claro, en el sueño, que soy una currela más del pueblo y mi misión es satisfacer a los machotes que han acabado la faena del día.
Joder, ha sido un sueño fabuloso, pasan por mi cama al menos siete tíos, cada uno de su padre y de su madre y me pega cada uno un polvazo diferente. Mi temor en el sueño es que por la puerta asome un cabrón pero ná, los siete tíos que entran , a cada cual más diferente, se comportan como buenos caballeros folladores.
Todo muy profesional, que yo hasta cuando sueño soy muy capricornio. Era la fulana del pueblo de mineros y a cada tipo que entraba por mi puerta le daba lo suyo. No aparece el dinero en mi sueño pero todo el tiempo se que es un trabajo. Lo hago con muchísimo gusto, ya digo que ser competente es mi lema. Así que todos se van muy contentos. Me ocurre lo mismo que en el sueño de hace tres años: disfruto sintiéndome la mejor puta del universo. La lástima es que en mi sueño, que ha sido bien largo, cada cliente aparecía bien definido, tengo la reminiscencia de diferentes cuerpos y gustos sexuales, pero al despertar ya se me habían desdibujado.
Lo bueno ha sido que he tenido siete orgasmos y desperté con ganas de más.
Joder, ha sido un sueño fabuloso, pasan por mi cama al menos siete tíos, cada uno de su padre y de su madre y me pega cada uno un polvazo diferente. Mi temor en el sueño es que por la puerta asome un cabrón pero ná, los siete tíos que entran , a cada cual más diferente, se comportan como buenos caballeros folladores.
Todo muy profesional, que yo hasta cuando sueño soy muy capricornio. Era la fulana del pueblo de mineros y a cada tipo que entraba por mi puerta le daba lo suyo. No aparece el dinero en mi sueño pero todo el tiempo se que es un trabajo. Lo hago con muchísimo gusto, ya digo que ser competente es mi lema. Así que todos se van muy contentos. Me ocurre lo mismo que en el sueño de hace tres años: disfruto sintiéndome la mejor puta del universo. La lástima es que en mi sueño, que ha sido bien largo, cada cliente aparecía bien definido, tengo la reminiscencia de diferentes cuerpos y gustos sexuales, pero al despertar ya se me habían desdibujado.
Lo bueno ha sido que he tenido siete orgasmos y desperté con ganas de más.
sábado, 15 de agosto de 2015
De vuelta en mi piso del centro
He soñado con mi piso del centro y como suele pasar, antes de despertar, justo antes, tenía la certeza de que todo era real. Que aquel piso existía aún y era mío. Soñaba y tenía por seguro con un refugio sólo para mi y veía un sofá junto al balcón y un dormitorio con cama gigante -y sólo mía-. Era mi viejo piso diferente, en mi sueño un apartamento de mujer blanca soltera. Diminuto. Autosuficiente. Chulísimo.
Soñaba que lo tenía escondido en mi memoria y lo recordaba de pronto. Entonces salía corriendo a meterme en él, o a cobijarme, tan ricamente. Y era como un oasis o un reposo del guerrero. Joder, durante todo el sueño, sabiendo que era y no era real, echaba de menos ese piso mío. Las sensaciones que vivía entonces. la evidencia de emancipación. Un anhelo de aventuras, hazañas, correrías muy locas.
Ahora mientras escribo y me esfuerzo por atraer la vieja nostalgia, creo que no lo echo de menos. Podría pasarme: añorar los cojines bien puestos, la tarde dorada tras las cortinas, una libertad de la hostia, cero excusas, cero deslices que disculpar. Lo que son los sueños. En realidad era un piso de mierda.
Soñaba que lo tenía escondido en mi memoria y lo recordaba de pronto. Entonces salía corriendo a meterme en él, o a cobijarme, tan ricamente. Y era como un oasis o un reposo del guerrero. Joder, durante todo el sueño, sabiendo que era y no era real, echaba de menos ese piso mío. Las sensaciones que vivía entonces. la evidencia de emancipación. Un anhelo de aventuras, hazañas, correrías muy locas.
Ahora mientras escribo y me esfuerzo por atraer la vieja nostalgia, creo que no lo echo de menos. Podría pasarme: añorar los cojines bien puestos, la tarde dorada tras las cortinas, una libertad de la hostia, cero excusas, cero deslices que disculpar. Lo que son los sueños. En realidad era un piso de mierda.
viernes, 14 de agosto de 2015
La ciudad escaparate
Me escapé a la ciudad escaparate y aunque suene a tópico intenté perderme por ella. Pero como soy tan eficaz y tan capricornio no lo conseguí. Coño si lo intenté pero perderse no es nada fácil. Y no soy tan imbécil como para culpar a los demás (hordas de turistas, esas hordas temibles). Sólo yo y tripadvisor tenemos la culpa: perderse resulta cansado y trajinar con el hambre de unos y la sed de otros. Y mira que había recovecos, callejuelas, placitas, fuentes encantadoras, tiendecillas ideales (tan veganas, tan solidarias, tan mainstream todas) pero no lo conseguí porque soy una cagada.
Me escapé y resultó ideal a pesar del sudor y mi miedo a perder el metro y que los demás se vayan sin mi y yo tirada en una estación cutre y solitaria. Ideal a pesar de mis manías con la comida y mi apatía con las fotos. Hice las fotos imprescindibles que apenas he compartido con tres personas (nada de face) y miré con desprecio a las hordas de turistas y sus selfies absurdos. Hasta deseé que algún capullo se cayera al mar. Fue una escapada ideal pero en ocasiones terriblemente hater.
Me escapé sin encontrar, me escapé y perdí los nervios que me ocasionan las maletas y las colas inhumanas, deseché los lugares a los que iban todos (al menos la mayoría) y no se lo conté a casi nadie. Un poquito aquí, al menos.
Me quedo sin fotos (diez, como mucho) y con la memoria de columnas esbeltas, la sorpresa de la playa, una plaza que me recordaba otras muy queridas, risas por torpe, risas de tanto mirar, la intención de perderme y casi lograrlo, cierta nostalgia, algo que nunca conocí.
Me escapé y resultó ideal a pesar del sudor y mi miedo a perder el metro y que los demás se vayan sin mi y yo tirada en una estación cutre y solitaria. Ideal a pesar de mis manías con la comida y mi apatía con las fotos. Hice las fotos imprescindibles que apenas he compartido con tres personas (nada de face) y miré con desprecio a las hordas de turistas y sus selfies absurdos. Hasta deseé que algún capullo se cayera al mar. Fue una escapada ideal pero en ocasiones terriblemente hater.
Me escapé sin encontrar, me escapé y perdí los nervios que me ocasionan las maletas y las colas inhumanas, deseché los lugares a los que iban todos (al menos la mayoría) y no se lo conté a casi nadie. Un poquito aquí, al menos.
Me quedo sin fotos (diez, como mucho) y con la memoria de columnas esbeltas, la sorpresa de la playa, una plaza que me recordaba otras muy queridas, risas por torpe, risas de tanto mirar, la intención de perderme y casi lograrlo, cierta nostalgia, algo que nunca conocí.
jueves, 30 de julio de 2015
¿Encontraría a la Maga?
Yo he sido una artista en encuentros casuales. Cuando me vine a dar cuenta, noté que ya era un genio de la contingencia. Por supuesto, sin planificar. Hubo un tiempo en que me empeñaba en planificar casualidades y, como es normal, nunca lograba mi objetivo. Recuerdo mañanas de verano que con la excusa de salir a comprar el periódico -al kiosko más céntrico y alejado de mi barrio- elaboraba un plan minucioso de acoso y derribo. Eran agotadoras aquellas mañanas y llegaba casi siempre a casa con la prensa del día, sudorosa, decepcionada pero también con la certidumbre del paseo de la mañana siguiente.
Fue sólo un verano o dos. Luego me dejé llevar por lo que se me daba tan fenomenal y que había aprendido en la primera página de Rayuela. A veces tentaba a la suerte y componía rituales que una vez me dieron suerte. Un vestido, ese vestido que me proporcionó besos y dicha una tarde de septiembre. Una ruta específica, cruzar precisamente por cierto cruce y no mirarme en los escaparates. A veces mi ritual de supersticiones para lograr la casualidad bienhechora era patético de veras.
Fueron dos o tres veranos. Hasta que dejé de pensar en las casualidades y éstas fueron dejándose caer de vez en cuando. En tardes de verano, en noches de primavera, en mañanas de otoño. Si me pongo a pensar cuándo suceden me sale una lista idiota y presuntuosa; no merece la pena destriparlas ni sacarle los engranajes. Suceden y lo hacen de la forma menos casual porque los encuentros casuales son lo menos casual de nuestras vidas.
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