miércoles, 1 de febrero de 2017

Desde la barra del bar

Teníamos la esquina de la barra del bar de la Facultad, era sólo nuestra, ay de los intrusos que se entrometieran por ella. No se quién fue el primero. El primero se hizo con la esquina antes de que yo llegara. Tampoco recuerdo cómo me hice hueco pero sí se quién me lo hizo. Me hicieron hueco y yo se lo hice a dos o tres más. Antes de acabar el trimestre éramos una pandilla alegre y borrachina que reinaba no sólo en la barra sino en el bar entero. Hasta la época de los exámenes. Entonces el grupo se reducía a dos. Uno ya se murió.

Algunos años más tarde, colonizamos otra barra, cuando yo salía del trabajo. Eran los años de mi turno de tarde y salía a las diez. Los viernes, algún jueves, cenábamos en aquel bar, en el mismo lado de la barra y nos alucinaba no ser los únicos con el mismo ritual: siempre coincidíamos con el matrimonio raro con las dos hijitas raras y también con los tres amigos moteros. La mujer del matrimonio raro tenía la piel muy blanca, igual que las niñas. Los moteros siempre iban vestidos de moteros, la misma ropa, o parecida, daba gusto verlos.  Nos inventábamos sus vidas. Cenábamos montaditos y ensaladilla, luego no recuerdo si nos íbamos a follar. 

Salimos de bares estas vacaciones y me parecía mentira. Acodados nuevamente en otra barra de bar, con tanta gente alrededor y tanto tiempo para que nos atendieran, para que nos pusieran bebidas por delante, algo de papeo, yo derrochando paciencia. Sólo yo derrochando paciencia (de algo me sirve colorear mandalas y esas mierdas). Tanta gente alrededor pero capaces de crear nuestro propio núcleo irreductible. Tuve tantas ganas de besarle. 





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