sábado, 23 de marzo de 2013

23 de septiembre de 1991

Una tarde calurosa, como suele ser septiembre en Jerez. Nunca me acostumbré a ese calor terroso y aquella tarde era terrosa. Un vestido verde, mi vestido preferido. Unos extravagantes zapatos metalizados (que hoy en día resultarían horteras). Un Opel Kadett esperándome y yo, sabiéndome guapa, bajando escaleras entre la gente. Mis compañeros de curso probablemente extrañados de verme salir pitando sin despedirme.

Una hora más tarde, el fresco de una terraza junto al mar. Él contándome, minuciosamente, como solía contar las cosas, la manera de hervir bien los langostinos. No recuerdo si comí -no me entusiasman esos bichos-. Sí recuerdo probar una fantástica ensalada, de esas que llevan muchas cosas. Recuerdo una terraza junto al mar y un paseo por la playa. Recuerdo unos ojos del color del acero. Una voz con el tono del acero.

También recuerdo de nuevo Jerez y un colchón sobre el suelo. Calor. El calor terroso de Jerez y la desesperación por alargar la noche, aunque fuera tan condenadamente calurosa, no dormir, que fuera eterna.

2 comentarios:

Rick dijo...

Los recuerdos no tendrían por qué tener sabor, ni debieran tener el poder de ponernos nostalgiosos o sentimentales, pero los recuerdos son las piezas del rompecabezas de nuestra vida. Es cierto que el presente es lo único que se tiene verdaderamente, pero el corazón no entiende razones.
Es excelente tu forma de narrar.
Un beso grande

Mar dijo...

Mi querido Rick, con tu comentario me acabas de dar pie a un nuevo post. Permite que te conteste en él. (Siendo fiesta, con vacaciones y la promesa de un día de sol y lluvias, fantástico para pasear, no se cuándo me pondré a escribir, hasta entonces, un beso!!!)