lunes, 26 de noviembre de 2012

Nos vamos haciendo viejos

Anoche me puse la peli de Los tramposos como mi tonto y particular homenaje a Tony Leblanc. Yo me he reído mucho con ese tipo y, como comentaba en el blog de cine y BDSM, hacer reir me parece una de las acciones más honrosas del ser humano. La risa sana y purificante, como la de esas pelis españolas de escasa calidad artística pero, cuánto nos hacían reir, qué bien nos hacian sentir.

Me puse la peli porque había terminado con Ken Follet y no quería empezar nueva novela. Y porque acababa de leer una entrevista en El País Semanal a un filósofo que no recuerdo quién es pero que me llegó al alma. Decía el hombre que le resulta más sencillo ser ateo y pensar que cuando uno se muere todo acaba. Y cierto que es un pensamiento sencillo. Nunca lo había visto de esa manera, lo cual no quiere decir que me vaya a volver atea, porque aunque sea más sencillo yo no lo digiero bien. Y prefiero vivir teniendo una buena digestión: pensar en una vida futura eterna se me hace durísimo pero también me resulta la posibilidad más lógica de la existencia.

Pensar en que te mueres y se acabó me resulta duro por su incoherencia y sinsentido. Pensar que te mueres y te espera la eternidad me resulta durísimo pero lógico y casi esperable. Joder, nunca lo sabré si resulta ser cierta la primera posibilidad.

Por eso, la salida más liviana para tal angustia vital es reirme, como es natural.  


domingo, 25 de noviembre de 2012

Teatro y besos

Yo quería ser actriz para dar besos.

En el instituto tuve un profesor de Literatura realmente bueno que me hizo sentir curiosidad y amor por autores que ahora pueblan mi biblioteca. Era uno de esos profesores llenos de ideas e iniciativas y, como éramos un grupo de alumnos entusiasta, nos propuso montar una obra de teatro. Tres sombreros de copa. A mi el humor absurdo de Mihura me tenía encandilada y por supuesto yo tenía que ser Paula.

Les juro que si no soy la protagonista, reviento. En las lecturas previas, aquellas en las que nuestro profesor seleccionaba a los personajes, yo leí el personaje de Paula mejor que todas mis compañeras. Le puse alma. Yo sabía que sería la protagonista. Y me eligieron. Vaya si me eligieron. Yo cuando me propongo una cosa... Y el caso es que el personaje de Paula no me pega nada porque no soy pizpireta ni rezumo poesía y en aquella época yo era una jipi algo desastrosa, pero sí, yo iba a ser Paula e iba a brillar en escena, porque así es como tenía que ser.

Y además, Paula le daba un beso de amor al protagonista. Para mi aquello era definitivo: sería mi primer beso en la boca a un chico y me daba igual que fuera de mentira: mi currículo erótico era una mierda y yo me subía por las paredes. Besaría fuera como fuese.

No me importó mucho que el protagonista seleccionado para hacer de Dionisio fuera un compañero que no me atraía nada. Yo saco atractivo al menos pintado, yo soy así de buena persona. Aquel Dionisio era un chico algo ceporro y mi amiga ES estuvo enamoriscada de él el verano anterior. Yo nunca entendí cómo se pudo enamoriscar de un chico con entrecejo y de poca conversación, pero son los misterios del amor. Y yo estaba dispuesta a besarle, cerraría los ojos y al lío. Yo quería ser una actriz versátil.

No hubo obra y los ensayos no pasaron de dos. El curso acababa, la selectividad se nos echaba encima y el profesor de Literatura no dio más de sí. El caso es que no llegué a besar a Dionisio jamás. Tuve que posponer mi estreno como actriz de teatro y también mi primer beso, pero éste último sólo unos meses. No he sido actriz y nunca lo he lamentado demasiado -a veces pienso que cuando me jubile me uniré a uno de esos grupos de aficionados de mi pueblo-. A aquel Dionisio lo veo de vez en cuando y se atenuó su cara de ceporro, es una de esas personas que les sienta bien la madurez porque nacieron con cara de hombre mayor. Pero sigue sin gustarme.

En cuanto a los besos, afortunadamente ya no tengo que hacer teatro para disfrutarlos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Poniendo a prueba la misantropía

Yo hablo mucho de lo antisocial que soy y quizás la gente que amablemente me lee piense que soy como un anacoreta, metida en su covacha y lanzando miradas esquivas a doquier. Soy muy antigregaria, cierto, y en el ciberespacio apenas me relaciono. Cuando entro en mi facebook se oyen ecos. Mi messenger no es que esté infrautilizado, es que posiblemente caducó y el whassapp lo miro de vez en cuando y hago un jijijaja con mis hermanas para que no se crean que paso de ellas. Así que si, quizás un poco anacoreta sí que soy.

Pero ya saben que simpática soy un rato -cuando estoy de humor- y que incluso hago esfuerzos por socializar. En mi trabajo, por ejemplo, todos piensan que soy seria, trabajadora y supersensata, pero también esa adorable-compañera-con-la-que-siempre-puedes-contar. Salgo de copas con mis compañeras preferidas, participo en charlas junto al café, escucho los cotilleos -aunque suelo ser la última en enterarse de todos-, compro la lotería de Navidad, voy a la comida de Navidad, cosas así. Todo sociable y pacífico.

Desde hace unos años también participo en el regalo del "amigo invisible". Les juro que para mi es una prueba de superación muy importante. Hay compañeros -todos tíos- que nunca participan y nos burlamos cariñosamente de ellos -porque son buena gente- llamándoles raros. Y yo no quiero que me llamen rara, yo soy así de gilipollas, soy rara pero prefiero que no de mucho el cante.

Así que aquí me tienen, pensando en el regalito y menos mal que este año me tocó una compañera encantadora- encantadora de verdad- a la que es facilísimo regalar. Pero conociéndome como me conozco, se que estaré varios días dudando, dando vueltas por las tiendas y agobiándome tontamente. Luego, el día de los regalos, allá por el 22 de diciembre -si el mundo sigue ahí- cada uno tomará el regalo que le corresponda y será otra prueba de fuego. Todos los años igual. Yo no me quejo, por Dios bendito, pero que me lo curro es un hecho incontestable.


martes, 20 de noviembre de 2012

Cuestas, cruces, puentes.

Mi momento de meditar es el trayecto casa-trabajo, ida y vuelta. Son treinta minutos de meditación que dicho así suena muy cool pero en el fondo es caminar pensando y ya está.

Yo soy muy metódica, como buena Capricornio, y siempre voy por el mismo camino, la misma acera, cruzo por los mismos pasos de cebra (siempre uso los pasos de cebra) pero a veces, a mi ruta, le marco pequeñas variaciones.  Puedo estar meses pillando por la misma calle hasta que algo, cualquier chorrada, me hace cambiar y elegir la calle paralela.

Subo un par de cuestas rompepiernas, cruzo una autovía, veo amanecer. Me salen al paso gente que también camina al trabajo y adolescentes que van a clase, señoras que pasean al perro, algún jubilado madrugador, el barrendero fumándose un cigarrillo. Les miro y durante unos segundos imagino algo de ellos, es algo que hago con frecuencia, imaginar vidas ajenas.

En los treinta minutos de ida y los treinta de vuelta me da tiempo a planificar entradas para este blog, preparar mentalmente el día de trabajo, pensar en quieres quiero, añorar cosas, desear otras, relajarme, espabilarme, autocompadecerme a ratos, es una buena hora y le saco provecho. Cuando llego al trabajo estoy que me como el mundo, cuando llego a casa, me como lo primero que pillo en la nevera. Caminar me produce hambre, toda el hambre real y metafórica que puedan imaginar. 

Hay días, como hoy, que resultan casi desastrosos en el trabajo, días en los que metes la pata una y otra vez, días en los que se desmorona lo que empezaste a levantar, días en los que pierdes un poquito la esperanza. Esos días se hace largo el camino de vuelta a casa.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Sexo + Amor

Sexo: es el inicio, lo primordial, los cuerpos que se acoplan. Naturaleza.

Amor: es la base vital y espiritual, las almas que se acoplan. Paz y serenidad.

Sexo sin amor: juego cómplice, cuerpos por descubrir, sentidos en alerta, nuevo tacto, nuevo olfato, descubrimiento.

Sexo con amor: el círculo que se cierra.

Cada palabra que he elegido es positiva, son los sustantivos y adjetivos que soy, ahora, capaz de usar para definir conceptos tan abstractos como son amor y sexo -y sin embargo, tan cotidianos, gracias a Dios-.  No hay ideas preconcebidas, ni prejuicios, ni valoraciones moralistas. Sexo y amor, juntos o separados, son hechos buenos y enriquecedores.

¿Dónde está el problema?

¿A qué tanto quebradero, o dolor, o angustia, o sufrimiento? Es que no lo veo por ningún lado.

Lo cierto es que estoy bastante harta de la concepción del sexo como algo oscuro y pecaminoso. Y del amor como algo sublime y complicado. Harta de ese empeño en complicar cosas que son sencillas de entender; quizás sólo haya que despojarlas de lastres culturales, históricos e incluso morales (o moralistas, ya digo). Pero no me hagan mucho caso, yo de teorías no entiendo.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Mar no sale sin su coraza

Yo tengo que adorar a la gente que comenta mis posts porque a menudo de sus comentarios salen nuevas entradas. Estaba yo barajando un par de temas con los que darme un rato de vidilla bloguera y leo un comentario que me ha hecho la siempre sagaz May Mercurio y pienso, leche, esta niña siempre da en el clavo.

Ella a veces habla de esa coraza que se pone, nos ponemos, para ir bien protegidas. Para gente como yo, a la que a menudo el mundo hace demasiado ruido y es demasiado ancho y ajeno, llevar una coraza cuando sale a pasear es como un seguro contra accidentes. Accidentes del corazón, que el mío es muy sufridito y tiene unos cuantos remiendos. Una, que en el fondo aspira a ser una chica elegante, no desea que se noten mucho.

Ni leo poesía ni escucho música. Nunca escucho música premeditadamente, sólo la que cae en mis oídos cuando voy al centro comercial. Es una amputación musical, la mía, consciente y algo moñas, porque lo hago como coraza antes posibles y no deseados naufragios. A la mierda la música, me dije una vez. Ya llevo  un buen tiempo sorda y ciega a sus encantos. Soy una cobarde, eso nunca lo voy a ocultar.






sábado, 17 de noviembre de 2012

Poesía en movimiento

Con lo que me gustaba a mi leer poesía y lo bruta que me estoy volviendo. Yo, en mis tiempos, era de las que se embriagaba de poesía y lloraba de pasión. Buscaba poetas conocidos y desconocidos y pensaba que ser poeta era algo tan sublime, tan heroico, que todos los pecados quedaban perdonados por ello.

Para mi, tener un novio poeta era el auténtico triunfo. Estuve a punto de lograrlo, el triunfo digo. Paco2 escribía poesía y una tarde en su piso, tras aquel sexo nuestro, algo sucio y déspota, compartimos nuestros poemas. Yo le enseñé los míos, que eran atolondrados y postadolescentes y él los suyos, que ya no recuerdo. En esa época yo estaba loca por él: estaba bueno, era enigmático, follaba bien, era perverso, era un cabrón y encima, poeta. El no va más.

Luego no hubo más novios poetas hasta Pedro, que en realidad no hacía poesía pero le gustaba Antonio Machado y me recitaba "A un viejo olmo", lo cual me llenaba de ternura por él.  Además, me leía poemas zen de Deshimaru, sin ánimo de adoctrinarme, pero igualmente me dejaba rendida a sus pies. Lo que es estar cegada. O encoñada. Ahora todos los poemas zen me parecen el mismo.

Yo es que, de un tiempo a esta parte, tengo la sensibilidad de un ladrillo.