lunes, 21 de julio de 2014
Amor efímero (o el mejor polvo)
Los mejores polvos tienen fecha. De septiembre de 1991, por ejemplo. Ya es triste que el mejor tenga tantos años y a día de hoy sea insuperable. Yo creo que lo tengo un poco mitificado. Pero no me voy a poner aquí a desglosar los buenos polvos que me han echado porque no es mi estilo. Hoy toca escribir sobre ese polvo mítico de principios de otoño que recuerdo tan bien.
Se bien por qué lo tengo colocado en la categoría de El Mejor. Fue obra del gran AMOR efímero que toda biografía que se precie debe tener. Miren qué efímero: de agosto a diciembre de 1991. Cuatro meses de mierda. Pongamos que nos vimos, mi gran AMOR efímero y yo, una media de dos veces en semana. Treinta y dos días de AMOR a polvo y medio por día de media resultan cuarenta y ocho polvos en cuatro meses. Que más que gloriosos eran impacientes. Desesperados por el poco tiempo. Porque los dos sabíamos que lo nuestro era breve. Lo bueno si breve... así es cómo fue.
Él no era un gran follador. Que los años y la mala vida le pesaban. Pero yo era joven y muy voraz y le contagié mis ganas. Él me lo decía así (y me recitaba a Machado). No era un gran follador pero le ponía ganas y me obligaba a decirle frases guarras. Porque le costaba trabajo empalmarse, por la mala vida, ya digo. Pero a mi me importaban un carajo sus problemas de erección. Yo le amaba con toda la pasión de los AMORES efímeros.
Él le ponía ganas, incluso más que yo, porque con todo lo cabrona que soy, a menudo yo me hubiera conformado con mirar las estrellas y darnos besitos frente al mar. Aquella tarde de septiembre yo iba convencida de que sólo daríamos un paseo por el bosque. Un paseo bucólico por un bosque que, incluso en verano, estaba verde y fragante. Un paseo con su perrillo, una monada de perrillo de una raza chula con un nombre chulo y que trotaba feliz a nuestro lado. Él nos guiaba, al perrillo y a mi, nos llevó junto al río, se desnudó y se metió en el agua. Lo que es el AMOR. Que los ríos me dan miedo (por las pozas profundas y el cieno y los bichos) pero no dudé en desnudarme y correr junto a él.
Luego también fue iniciativa suya sacarme del agua y tumbarme sobre una roca para follarme. Con los cuerpos mojados y brillantes. Bajo los árboles de septiembre, con el rumor de hojas, con el perrillo trotando por ahí, con el miedo a que apareciera cualquier pastor, con el rumor del río, con el aroma de la tierra y de su cuerpo, con el calor de la piedra que me magullaba la espalda a cada ataque, con sus gruñidos y sus besos que siempre dolían, con la fragilidad del placer a su lado, el tiempo breve, la tarde que acababa y yo debía volver a casa y él a la suya. El amor salvaje y exasperado por mi juventud, por su vejez, por el miedo a perdernos, como así fue, por cómo olía, cómo sabía, cómo me quería.
Se bien por qué lo tengo colocado en la categoría de El Mejor. Fue obra del gran AMOR efímero que toda biografía que se precie debe tener. Miren qué efímero: de agosto a diciembre de 1991. Cuatro meses de mierda. Pongamos que nos vimos, mi gran AMOR efímero y yo, una media de dos veces en semana. Treinta y dos días de AMOR a polvo y medio por día de media resultan cuarenta y ocho polvos en cuatro meses. Que más que gloriosos eran impacientes. Desesperados por el poco tiempo. Porque los dos sabíamos que lo nuestro era breve. Lo bueno si breve... así es cómo fue.
Él no era un gran follador. Que los años y la mala vida le pesaban. Pero yo era joven y muy voraz y le contagié mis ganas. Él me lo decía así (y me recitaba a Machado). No era un gran follador pero le ponía ganas y me obligaba a decirle frases guarras. Porque le costaba trabajo empalmarse, por la mala vida, ya digo. Pero a mi me importaban un carajo sus problemas de erección. Yo le amaba con toda la pasión de los AMORES efímeros.
Él le ponía ganas, incluso más que yo, porque con todo lo cabrona que soy, a menudo yo me hubiera conformado con mirar las estrellas y darnos besitos frente al mar. Aquella tarde de septiembre yo iba convencida de que sólo daríamos un paseo por el bosque. Un paseo bucólico por un bosque que, incluso en verano, estaba verde y fragante. Un paseo con su perrillo, una monada de perrillo de una raza chula con un nombre chulo y que trotaba feliz a nuestro lado. Él nos guiaba, al perrillo y a mi, nos llevó junto al río, se desnudó y se metió en el agua. Lo que es el AMOR. Que los ríos me dan miedo (por las pozas profundas y el cieno y los bichos) pero no dudé en desnudarme y correr junto a él.
Luego también fue iniciativa suya sacarme del agua y tumbarme sobre una roca para follarme. Con los cuerpos mojados y brillantes. Bajo los árboles de septiembre, con el rumor de hojas, con el perrillo trotando por ahí, con el miedo a que apareciera cualquier pastor, con el rumor del río, con el aroma de la tierra y de su cuerpo, con el calor de la piedra que me magullaba la espalda a cada ataque, con sus gruñidos y sus besos que siempre dolían, con la fragilidad del placer a su lado, el tiempo breve, la tarde que acababa y yo debía volver a casa y él a la suya. El amor salvaje y exasperado por mi juventud, por su vejez, por el miedo a perdernos, como así fue, por cómo olía, cómo sabía, cómo me quería.
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martes, 8 de julio de 2014
Cáncer y romance
A mi me gustan las pelis románticas. Me he tragado tropecientas veces Love Actually (que me hace llorar a moco tendido) y las comedias románticas como Cuando Harry encontró a Sally. Hasta aguanto como una campeona algunos dramones románticos de llorar mucho porque acaban mal. Solo algunos.
Pero está el subgénero Love Story. Yo me leí la novela antes de ver la peli. Fue hace mucho. La novela es una monada aunque casi no me acuerdo. La peli solo me gusta por el estilazo de Ali McGraw. El resto me resulta insoportable y muy olvidable.
Ahora estrenan dos películas casi a la vez que van de lo mismo. La misma trama que Love Story, a saber, muchacha ideal y bellísima por dentro y por fuera, con enfermedad terminal y amor imposible. Bigger than life. AMOR.
Y me jode. Me jode hasta el punto de ponerme a escribir sobre pelis que no voy a ver. Me jode el romanticismo tramposo. Las comedias románticas y la mayoría de los dramas románticos tienen trampa, si, pero utilizan tretas menos arteras. Conocemos los viejos trucos del chico-conoce chica y chico-pierde-chica. Pero ay, las pelis de chica con cáncer terminal y amor sublime. Jode mucho.
La teoría es la siguiente: las chicas enfermas se vuelven arrebatadoras. Cuanto más grave e incurable sea su enfermedad, más arrebatadoras. Por eso, tienen más probabilidad de encontrar al GRAN AMOR DE SU VIDA. Cáncer y romance, no me digan que no resulta obsceno y cruel. Una gran putada de guiones y tipos y tipas que esperan ganar pasta a base de romanticismo mórbido. Vendiendo que una chica con cáncer es por fuerza intrépida e irresistible y su amor, que por supuesto NUNCA dura más de un año, es, por ese motivo, el AMOR más valioso, el único valioso.
El amor que dura un año. Esa es la clave. Durante ese tiempo hay puestas de sol, besos bajo la lluvia, un baile, un viaje loco, polvos románticos y miles de frases embriagadoras. Un año y fin. Debe acabar antes de la rutina, el trasiego cotidiano, el temible y anti-romántico pasar de los días. El auténtico AMOR no es de diario. El auténtico AMOR debe ser efímero y si tiene final trágico, eso, amigos, es un plus de autenticidad. Imaginen que Ali McGraw no muere joven. Imaginen qué tostón de matrimonio con hijos, perro y casita en un suburbio de New Hampshire. No hay color.
No soy de las que hacen cruzadas contra las tramas románticas en el cine o en las novelas. Ya digo que me pirro por una buena historia de AMOR. Pero jugar con estereotipos tan viejos -las damas tísicas del XIX, supuestamente irresistibles, Margarita Gautier, pero ¿han visto alguna vez a un enfermo de tisis de verdad?- estereotipos tan crueles, que de forma tan facilona buscan la lágrima, a mi me dan mucha rabia y mucha repugnancia. Más aún si quitan valor al auténtico amor de los cojones, el que no escribo con letra mayúscula, el que a veces es sublime y otras huele a costumbre.
Pero está el subgénero Love Story. Yo me leí la novela antes de ver la peli. Fue hace mucho. La novela es una monada aunque casi no me acuerdo. La peli solo me gusta por el estilazo de Ali McGraw. El resto me resulta insoportable y muy olvidable.
Ahora estrenan dos películas casi a la vez que van de lo mismo. La misma trama que Love Story, a saber, muchacha ideal y bellísima por dentro y por fuera, con enfermedad terminal y amor imposible. Bigger than life. AMOR.
Y me jode. Me jode hasta el punto de ponerme a escribir sobre pelis que no voy a ver. Me jode el romanticismo tramposo. Las comedias románticas y la mayoría de los dramas románticos tienen trampa, si, pero utilizan tretas menos arteras. Conocemos los viejos trucos del chico-conoce chica y chico-pierde-chica. Pero ay, las pelis de chica con cáncer terminal y amor sublime. Jode mucho.
La teoría es la siguiente: las chicas enfermas se vuelven arrebatadoras. Cuanto más grave e incurable sea su enfermedad, más arrebatadoras. Por eso, tienen más probabilidad de encontrar al GRAN AMOR DE SU VIDA. Cáncer y romance, no me digan que no resulta obsceno y cruel. Una gran putada de guiones y tipos y tipas que esperan ganar pasta a base de romanticismo mórbido. Vendiendo que una chica con cáncer es por fuerza intrépida e irresistible y su amor, que por supuesto NUNCA dura más de un año, es, por ese motivo, el AMOR más valioso, el único valioso.
El amor que dura un año. Esa es la clave. Durante ese tiempo hay puestas de sol, besos bajo la lluvia, un baile, un viaje loco, polvos románticos y miles de frases embriagadoras. Un año y fin. Debe acabar antes de la rutina, el trasiego cotidiano, el temible y anti-romántico pasar de los días. El auténtico AMOR no es de diario. El auténtico AMOR debe ser efímero y si tiene final trágico, eso, amigos, es un plus de autenticidad. Imaginen que Ali McGraw no muere joven. Imaginen qué tostón de matrimonio con hijos, perro y casita en un suburbio de New Hampshire. No hay color.
No soy de las que hacen cruzadas contra las tramas románticas en el cine o en las novelas. Ya digo que me pirro por una buena historia de AMOR. Pero jugar con estereotipos tan viejos -las damas tísicas del XIX, supuestamente irresistibles, Margarita Gautier, pero ¿han visto alguna vez a un enfermo de tisis de verdad?- estereotipos tan crueles, que de forma tan facilona buscan la lágrima, a mi me dan mucha rabia y mucha repugnancia. Más aún si quitan valor al auténtico amor de los cojones, el que no escribo con letra mayúscula, el que a veces es sublime y otras huele a costumbre.
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domingo, 6 de julio de 2014
La felicidad es el problema
Dan un avance de un programa de la 2. El periodista cuenta que en su espacio entrevistará a gente que se declara feliz. El periodista, que ya son ganas de ser pejiguera, tiene como misión cuestionar la felicidad de los presuntos felices y ponerles en aprietos. Que de verdad demuestren que son felices y por qué. Ya digo, ganas de dar por saco.
Se supone que en sociedades como la nuestra, con las necesidades básicas relativamente satisfechas, la búsqueda de la felicidad nos ocupa mucho tiempo y paradójicamente, nos hace ver cuán infelices podemos ser. Yo no tengo muy claro cómo se hacen esos estudios de felicidad. Que si la gente de Villarriba es más feliz que la gente de Villabajo y blablabla. Entiendo de indicadores de calidad de vida y eso, pero ¿medidores de la felicidad?
Hace unos meses fui a un taller de autoconocimiento. No se llamaba exactamente así, pero ya me entienden de qué va el rollo. Fui con curiosidad y mi sempiterno escepticismo. Fui como no se debe ir a esos talleres: con la mente fría y dudosa. La señora gurú era la típica gurú con pinta de jipi chiflada. Intenté ser complaciente con la señora, lo juro, e intenté dejarme llevar. En un momento dado, dos de los asistentes al taller se declararon Absolutamente Felices y la señora gurú entró en el típico diálogo socrático y cuestionador-de-todo (perfectamente previsible). Al final, los Absolutamente Felices reconocieron que no eran tan felices y que tenían leves insatisfacciones y cosas que corregir en su vida... Un coñazo tremendo.
Conozco gente (todos conocemos gente así) que publica fotos de lo felices que son. Una amiga, tras publicar sus fotos de viajes y plenitud, exige que confesemos que envidiamos su dicha. Si no decimos nada resulta que somos envidiosos y si decimos que qué guay el viaje y las fotos, resultamos ser ... más envidiosos aún. No se, un lío. No mando a mi amiga al carajo (ganas no me faltan) porque la quiero y se que no es tan feliz como aparenta.
Conozco gente (todos conocemos gente así) que quiere ser feliz todo el rato. Y si pasan minutos de su vida sin felicidad plena dan una lata tremenda. Gente que cambia de actividad porque nada les llena, gente que hace cursos y va a clases para buscar la felicidad, gente que no acaba lo que empieza porque no les satisface como pensaban. Al final, todo se reduce a las viejas expectativas.
¿Y yo? Yo intento no pensar mucho en ello, aunque hoy me he pasado la mañana perfilando este post y por tanto reflexionando sobre estas puñetas. Se que cuánto más pienso en ser feliz más ansiedad me entra y acabo perdiéndome entre pensamientos disparatados. Se que no veré ese programa de la 2 de las narices ni pienso acudir a más talleres de conocimiento personal que repiten lugares comunes y no me aportan nada. Ya saben, si me leen, que de sobrada tengo un rato.
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domingo, 29 de junio de 2014
La feria caótica
Foto de AQUI
En mi pueblo a las atracciones de Feria les llamamos cacharritos. No hay niño que no sea un fanático de los cacharritos. Yo fui una tremenda fanática y apenas me bajaba de uno cuando ya pedía el siguiente. Un coñazo.
Yo iba a la Feria a fantasear, ya lo tengo escrito por aquí. Y a pasar miedo, pero no el miedo del Tren del Terror sino el del vértigo. Yo siempre fui una valiente en los cacharritos, de las que se montan en los peores, esos que dan vueltas y te ponen cabeza abajo. Aquella noria infame que no tenía protección, como la de ahora, me jugó malas pasadas. Un año la cunita se balanceaba como loca con el viento de levante y otro año uno de la pandilla se empeñó en balancearla él, por hacer la gracia. Él miedo que pasamos AB y yo no está escrito.
Ahora sigo montándome en la noria pero no hay color: Está superprotegida y es un paseo de lo más tranquilo. Sigo fantaseando en la noria, como de chinorri, y es un placer embobarse con las vistas. Mi fea ciudad parece otra, llena de luces y magia.
Ya no me monto en cacharritos que te ponen cabeza abajo pero me quedo mirando a los niños, como mucha gente. Te quedas un rato hipnotizada con esos giros peligrosos y tiemblas de gusto. Me monté estos días en el Saltamontes y pasé un ratito de pánico. La jodida ansiedad. Un ruidito que salía de no se dónde. Joder, los saltos y la cunita saliendo rebotada hacia el quinto carajo y nosotros con ella. Al final logré relajarme y disfrutar.
Lo que nunca he conseguido es divertirme en los Coches que Chocan. Como todo el mundo sabe los Coches que Chocan es el summun del postureo, ahora y siempre. A mi, de jovenzuela, me tenían que obligar mis amigas, que siempre fueron más de ligar que yo. Era un horror y un martirio. Mi ideal es una pista de Coches que Chocan sin coches, sólo el mío y en todo caso el de una amiga. Pero la pista siempre va petada de chavales que van a por una. Normalmente las más pavas. Tengo la imagen fija del nota sentado sobre el respaldo del coche, cigarrito en la comisura y sonrisa cruel. Los mismos que hay ahora, nada ha cambiado. Yo les miro de reojillo. Por si se sienten aludidos con mi miedo.
El cacharrito que sale en la foto, delante de la noria, le llamamos en mi pueblo "el carro las patás". Se supone que en él se monta la peña más cafre para molerte a patadas. Mis padres nunca me dejaban montarme por eso. Hace un par de años, volvió ese cacharrito a mi pueblo y vencí mis temores a las patadas. Al principio fue genial, es un cacharrito alucinante, da vueltas, da vueltas, sube alto. No hay patadas. A la mitad me quería morir de las nauseas. Es el signo de los tiempos.
Pero, ¿ saben? Mis amigas ya nunca se montan en cacharritos, ni mis compañeras del trabajo. Yo sí.
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sábado, 21 de junio de 2014
Dilema en el supermercado
Ayer llevaba el carro de la compra petado de porquerías. Se celebra una fiesta y había comprado paquetes de patatas fritas de sabores guarros, latas de fanta y una barra de helado de tres sabores. Cuando lo colocaba todo en la línea de caja me fijé en el que se me puso detrás. Yo siempre cuelo a la gente que lleva una cosilla o dos, sobre todo si mi carro va tan petado como el de ayer. Pero al tipo que se me puso ayer detrás, con un triste paquete de latas de cerveza, lo conocía.
Fíjense lo borde que soy. Es un tipo que fue amiguete. Uno de una pandilla que tuve, aquella pandi radikal. Lo veo a veces porque vive en mi barrio pero nunca le saludo. Hago una cosa muy chunga y muy mía. Le paso la vista por encima, como si su realidad resbalara. De hecho es un tipo que me resbala y el caso es que nunca me hizo nada malo.
Nunca fuimos íntimos ni nada pero si fui a su antigua casa varias veces a tomar cervezas y fumar porretes. Era muy colega de Pako. Recuerdo aquel piso que tenía, el típico piso en barrio cañí, decorado con pañuelos palestinos y posters de MiliKK. Yo nunca le tragué, pero no se bien por qué, supongo que se debe a esa capacidad mía de olfatear a la gente hipócrita.
Me lo suelo cruzar en el supermercado del barrio y siempre resbalo por encima. Pero ayer se me puso detrás con sus cervezas cruzcampo y yo me aturrullé con mi compra. Patatas sabor jamón, fanta de naranja y, glup, insecticida para las cucarachas. Supongo que el tipo estaba mirando, con esa mega conciencia ecológica que Dios le dió, pensando en lo mezquinamente burguesa que me he vuelto. Yo le miraba de reojillo y disimulaba dándole charla a mi hijo pequeño. ¿Le cuelo, como hago siempre? ¿O le ignoro porque le odio sin motivo?
Por supuesto le colé. Le dije "pasa tú primero que yo llevo muchas cosas". Lo que siempre digo pero mirándole con mirada de "te conozco pero hago como la que no te conoce y te jodes".Creo que él se aturrulló más que yo porque por supuesto él también se acuerda de mi aunque tampoco me saluda nunca (ni quiero que lo haga). Primero me dijo -balbuceó- que no, que no importaba. Pero le insisti -con mala leche interior- y la cajera también le preguntó si iba a pasar por delante, así que se vio obligado. Al irse farfulló un gracias, no se si a la cajera o a mi.
Ya digo, muy típico de mi dejar de saludar a la gente. Podría justificarme diciéndo que soy una despistada pero no, dejo de saludar a la gente por coraje. Gente de otra época que aguanté por carajotez mía, gente que nunca me gustó del todo aunque fueran coleguis, o gente que, simplemente, me recuerda lo insulso de algunos días y mi propia hipocresía al vivirlos.
Fíjense lo borde que soy. Es un tipo que fue amiguete. Uno de una pandilla que tuve, aquella pandi radikal. Lo veo a veces porque vive en mi barrio pero nunca le saludo. Hago una cosa muy chunga y muy mía. Le paso la vista por encima, como si su realidad resbalara. De hecho es un tipo que me resbala y el caso es que nunca me hizo nada malo.
Nunca fuimos íntimos ni nada pero si fui a su antigua casa varias veces a tomar cervezas y fumar porretes. Era muy colega de Pako. Recuerdo aquel piso que tenía, el típico piso en barrio cañí, decorado con pañuelos palestinos y posters de MiliKK. Yo nunca le tragué, pero no se bien por qué, supongo que se debe a esa capacidad mía de olfatear a la gente hipócrita.
Me lo suelo cruzar en el supermercado del barrio y siempre resbalo por encima. Pero ayer se me puso detrás con sus cervezas cruzcampo y yo me aturrullé con mi compra. Patatas sabor jamón, fanta de naranja y, glup, insecticida para las cucarachas. Supongo que el tipo estaba mirando, con esa mega conciencia ecológica que Dios le dió, pensando en lo mezquinamente burguesa que me he vuelto. Yo le miraba de reojillo y disimulaba dándole charla a mi hijo pequeño. ¿Le cuelo, como hago siempre? ¿O le ignoro porque le odio sin motivo?
Por supuesto le colé. Le dije "pasa tú primero que yo llevo muchas cosas". Lo que siempre digo pero mirándole con mirada de "te conozco pero hago como la que no te conoce y te jodes".Creo que él se aturrulló más que yo porque por supuesto él también se acuerda de mi aunque tampoco me saluda nunca (ni quiero que lo haga). Primero me dijo -balbuceó- que no, que no importaba. Pero le insisti -con mala leche interior- y la cajera también le preguntó si iba a pasar por delante, así que se vio obligado. Al irse farfulló un gracias, no se si a la cajera o a mi.
Ya digo, muy típico de mi dejar de saludar a la gente. Podría justificarme diciéndo que soy una despistada pero no, dejo de saludar a la gente por coraje. Gente de otra época que aguanté por carajotez mía, gente que nunca me gustó del todo aunque fueran coleguis, o gente que, simplemente, me recuerda lo insulso de algunos días y mi propia hipocresía al vivirlos.
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viernes, 13 de junio de 2014
Cena de despedida
Estuve en una de las habituales cenas de despedida de junio. Me pinté los labios de rojo y me puse pantalones; el estilo masculino-femenino con el que me encuentro cómoda cuando salgo de noche. M. proclamó, un poco a gritos, que yo era la más guapa de la mesa. No estaba aún borracho, sólo eufórico. Como soy lela, eso bastó para alegrarme la noche (aunque un rato antes me emocioné con el rollo de la despedida, lo de siempre)
Después de la cena me fui con dos compañeras a tomar una copa. El resto se fue a casa a sobar. Charlamos hasta las tres de trabajo y podría parecer que vaya petardas, hablar de trabajo cuando la noche es joven, pero cómo explicarlo sin explicar. La energia, la pasión, las ganas, aún en junio.
jueves, 5 de junio de 2014
Mi top ten de canciones para el karaoke (1ª parte)
Que el karaoke es mi pequeño vicio confesable ya lo tengo escrito por ahí. Yo soy de las que pilla micro y paso de todo, ni verguenza ni nada. Me gusta cantar en el karaoke y liarla y conmigo tiene que venir gente a las que no le importe hacer el ridículo. Nada de canciones para lucirse y hacer gorgoritos. El karaoke es para liberar endorfinas y pasárselo bien. A mi siempre me da resultado.
10. Raphael: Yo soy aquel. La gente que va de molona lleva tiempo reivindicando a Raphael. Les juro que yo fui de las primeras, pero como vivo en provincias nadie se enteró. Mi mejor recuerdo de un karaoke versionando a Raphael ocurrió una noche grandiosa hace más de diez años: un nota al que nadie conocía se marcó el Yo soy aquel y fue la apoteosis. Toda la peña acabó coreando el estribillo. El buen karma a tope y un fin de fiesta inolvidable.
9. Europe: The final countdown. Para llegar al delirio, este tema viene ni pintado. Da mucho juego hacer posturitas con el micro y en los solos de guitarreo. Quienes una vez quisimos ser héroes del rock, con este tema, tenemos para lucirnos. Además es super fácil, porque estás todo el tiempo con el mismo estribillo. Hay que bordar los agudos, eso sí. Si se tiene alma de payasa, cantar este tema proporciona muchas satisfacciones.
8. ABBA: Dancing Queen. Es un clásico. Cualquier tema marchoso de ABBA me vale, pero le tengo especial cariño a Dancing Queen porque la he cantado con mi amiga A y su nena -que es la reina adolescente del karaoke- y nos sale chula. Y además porque me recuerda a La boda de Muriel que es una peli que jamás me cansaré de ver.
7. La cabra mecánica: La lista de la compra. La canto fatal, sobre todo la primera parte, pero me da el subidón flamenquito. Lo suyo es cantarla a dúo, con una compi que te siga el juego. Esta versión que hay en youtube es pésima, yo la he cantado en Sing star y hemos liado la grande. Hay que poner el tono bajunini de María Jiménez. Éxito seguro entre gente del Norte, que ya se sabe que las andaluzas les ponemos mucho cuando hacemos flamenquito. (También puede ser que te escupan directamente, nunca se sabe con el karaoke).
6. Amaral: Son mis amigos. En realidad no se llama así pero todo el mundo la conoce por "la de los amigos". Amaral da mucho juego en el karaoke porque la peña suele conocer sus letras y permite que se luzcan las que presumen de voz bonita. "La de los amigos", además, viene estupenda para celebrar la fase de exaltación de la amistad. Yo lloro y todo.
5. The Cranberries: Just my imagination. Qué quieren que les diga, yo me quedé anclada en los noventa, cuando cantaba con mi hermana todos los temas de los Cranberries a grito pelao en casa. Ode to my family me hace llorar demasiado y Zombie la tenemos ya muy gastada y los gorgoritos no me salen; por eso me quedo con Just my imagination, que es lo suficientemente épica para hacerme levitar de gusto.
10. Raphael: Yo soy aquel. La gente que va de molona lleva tiempo reivindicando a Raphael. Les juro que yo fui de las primeras, pero como vivo en provincias nadie se enteró. Mi mejor recuerdo de un karaoke versionando a Raphael ocurrió una noche grandiosa hace más de diez años: un nota al que nadie conocía se marcó el Yo soy aquel y fue la apoteosis. Toda la peña acabó coreando el estribillo. El buen karma a tope y un fin de fiesta inolvidable.
9. Europe: The final countdown. Para llegar al delirio, este tema viene ni pintado. Da mucho juego hacer posturitas con el micro y en los solos de guitarreo. Quienes una vez quisimos ser héroes del rock, con este tema, tenemos para lucirnos. Además es super fácil, porque estás todo el tiempo con el mismo estribillo. Hay que bordar los agudos, eso sí. Si se tiene alma de payasa, cantar este tema proporciona muchas satisfacciones.
8. ABBA: Dancing Queen. Es un clásico. Cualquier tema marchoso de ABBA me vale, pero le tengo especial cariño a Dancing Queen porque la he cantado con mi amiga A y su nena -que es la reina adolescente del karaoke- y nos sale chula. Y además porque me recuerda a La boda de Muriel que es una peli que jamás me cansaré de ver.
7. La cabra mecánica: La lista de la compra. La canto fatal, sobre todo la primera parte, pero me da el subidón flamenquito. Lo suyo es cantarla a dúo, con una compi que te siga el juego. Esta versión que hay en youtube es pésima, yo la he cantado en Sing star y hemos liado la grande. Hay que poner el tono bajunini de María Jiménez. Éxito seguro entre gente del Norte, que ya se sabe que las andaluzas les ponemos mucho cuando hacemos flamenquito. (También puede ser que te escupan directamente, nunca se sabe con el karaoke).
6. Amaral: Son mis amigos. En realidad no se llama así pero todo el mundo la conoce por "la de los amigos". Amaral da mucho juego en el karaoke porque la peña suele conocer sus letras y permite que se luzcan las que presumen de voz bonita. "La de los amigos", además, viene estupenda para celebrar la fase de exaltación de la amistad. Yo lloro y todo.
5. The Cranberries: Just my imagination. Qué quieren que les diga, yo me quedé anclada en los noventa, cuando cantaba con mi hermana todos los temas de los Cranberries a grito pelao en casa. Ode to my family me hace llorar demasiado y Zombie la tenemos ya muy gastada y los gorgoritos no me salen; por eso me quedo con Just my imagination, que es lo suficientemente épica para hacerme levitar de gusto.
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