Ayer, el primer capítulo de la tercera temporada de Juego de Tronos. Es casi la única serie a la que soy fiel.
En la tele pillo a veces The big bang theory. Y he descubierto -tarde, lo se- Modern Family y me entusiasma. Pensaba que era una sitcom del montón y resulta que está llena de perdedores y frikis que se quieren y se cuidan. Supongo que los entendidos conocerán series más repletas de perdedores y frikis y superoscuras pero yo estoy entusiasmada con éstas que digo.
Y con Hora de aventuras, por Dios, la mejor serie de dibujos animados del mundo mundial. Yo amo a Jake, a Finn y a la Princesa del Espacio Bultos. Estaría viendo Hora de aventuras horas sin parar. Hasta capítulos repetidos.
Pero ahora es el turno de Juego de Tronos, tercera temporada, en la que se supone deberá correr la sangre y ocurrirán cosas muy tremendas. Tyrion luce ya su cicatriz (pero no le han cercenado la nariz, para que no pierda guapura). Ya han salido los Inmaculados y los chungos habitantes de Astapor, con esa arpía en lo alto. Ya ha salido Mance (que no me convence) y Tormund Matagigantes (que si me convence) y un momentín también, Qyburn, ese tipo retorcido. Parece que no habrá Vargo Hoat (pena) pero si Ramsay. Oh, los malos de Juego de Tronos qué gusto dan. Y Geoffrey, no lo olvidemos, el querido Geof-cof, cof-frey.
Hoy, todo el día con Las lluvias de Castamere en la cabeza.
martes, 2 de abril de 2013
lunes, 1 de abril de 2013
The greatest thing
Estaba viendo Moulin Rouge.
Me gustan los musicales. Me gustan esos musicales estrafalarios y abigarrados. Ya está tardando Baz Luhrmann.
Me gusta John Leguizamo haciendo de Toulouse-Lautrec que probablemente no fue así, pero me gusta imaginármelo como un enano loco y sensible.
No me gusta Nicole Kidman, pero si Ewan -sonrisa espléndida- McGregor.
Me gusta la versión de Roxanne. También la de Like a virgin. Y lógicamente, Your song.
Me gustan esas películas que mezclan épocas de manera absurda, los anacronismos y el pasarte por el forro las verdades históricas por amor al arte.
Robo esa frase que se repite constantemente en la película:
The greatest thing you'll even learn
is just to love
and be loved in return.
Me gustan los musicales. Me gustan esos musicales estrafalarios y abigarrados. Ya está tardando Baz Luhrmann.
Me gusta John Leguizamo haciendo de Toulouse-Lautrec que probablemente no fue así, pero me gusta imaginármelo como un enano loco y sensible.
No me gusta Nicole Kidman, pero si Ewan -sonrisa espléndida- McGregor.
Me gusta la versión de Roxanne. También la de Like a virgin. Y lógicamente, Your song.
Me gustan esas películas que mezclan épocas de manera absurda, los anacronismos y el pasarte por el forro las verdades históricas por amor al arte.
Robo esa frase que se repite constantemente en la película:
The greatest thing you'll even learn
is just to love
and be loved in return.
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absurda filosofía del amor,
cinefilia,
E.
jueves, 28 de marzo de 2013
Yo quería ser azafata del Un, dos, tres
Como todo el mundo sabe el viernes era el mejor día de los niños españoles de los 70. En la tele echaban El hombre y la Tierra y luego el Un, dos, tres. Todo el mundo sabe también que los niños de los 70 fuimos teleadictos y no nos volvimos más locos porque sólo había una cadena de televisión y ésta comenzaba su emisión por la tarde (aunque el sábado era otro cantar).
La musiquita de inicio de El hombre y la Tierra era el prólogo para lo bueno. Veías al oso columpiándose en el árbol y luego a Félix bregando con la anaconda y ya te relamías de gusto. Yo todo lo que se de animales es por Félix y la enciclopedia que me echaron los Reyes. La Fauna de Salvat, que hacía un recorrido por todos los bichos del mundo. El único tomo que leía con prevención era el de Sudamérica, donde aparecían vampiros de verdad -vaya si existen los vampiros- y mi preferido eran los tres de África. Con los bichos de África no hay color. Por culpa de El hombre y la Tierra yo quería ser bióloga y le di mucha lata a mi madre con mis planes de salvar el planeta y no contaminar.
Pero también quise ser azafata del Un, dos, tres. Yo descubrí el Un, dos, tres en color cuando ya llevaba vistos una buena cantidad de programas. En blanco y negro molaba pero cuando vi mi primer Un, dos, tres en color, flipé en colores pero de verdad. El blanco del minishort era verdadero blanco nuclear, chulísimo, modernisimo, era un blanco alucinante. Y las botas. Yo detesto las botas y casi nunca me pongo, pero esas botas blancas eran la repera.
Yo quería ser azafata porque eran ultrachic. Tenían una combinación tremenda: intelectuales sexys. Las gafas redondas daban el toque erudito y, aunque yo sabía que eran falsas, me daba igual. Las azafatas del Un, dos, tres nunca resultaban chabacanas. Lucían cuerpo y sonrisa, eran simpatiquísimas, avispadas y pizpiretas. Listas.
Y si, desde aquella época, ser una intelectual sexy fue mi meta.
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lo que yo quería ser,
memoria a secas
miércoles, 27 de marzo de 2013
Promesa
Promesas en argot cofrade son las personas que van detrás del paso del Cristo o de la Virgen en cumplimiento a un favor concedido. Yo de argot cofrade manejo lo justo, aunque estos días me leo las noticias de Semana Santa en el Diario porque me gusta ir de enteradilla por la vida. Conozco los pasos que procesionan, de dónde salen y por dónde pasan, son cosas de mi pueblo que me gusta saber aunque no vaya a ninguna.
Hay un Cristo en mi pueblo que se lleva la palma en número de favores concedidos. Lo sabemos por la enorme cantidad de promesas que van siguiendo su paso, cuesta arriba y abajo desde que sale de su templo hasta que se recoge de madrugada. Gente de todo tipo y pelaje, mujeres mayores, muchas, pero también chicas jóvenes, parejas de novios y hombretones fornidos. Gente humilde y gente menos humilde, algunos descalzos y la mayoría charlando y bien abrigada. Una se pregunta qué tipo de fervor tiene y qué tipo de favores pide tanta gente.
Yo pensaba que anoche la tropa de promesas iba a ser más numerosa de lo habitual, porque en estos tiempos la necesidad de favores ha aumentado. Pero o bien hay mayor número de descreídos o bien el Cristo no concedió tantos favores como era de esperar. Había mucha gente, sí, pero yo esperaba más. Es un apaño, el de las promesas, un tanto mercantilista, como se ve: le pido un favor al Cristo y le prometo ir tras su paso si me lo concede. Y si no me lo concede, me quedo calentita en casa y que le den.
Mucha gente se extrañó de que yo saliera de promesa anoche, tras el Cristo. Todo el mundo sabe que yo no tengo tratos con la Iglesia, que ni me casé ni bauticé a mis hijos y que desdeño la hipocresía beata de muchos parroquianos. Se que suena extraño confesar que pedí a Cristo un favor que no era para mi y que aquello que parecía imposible fue concedido. O se hizo realidad. Se que hay multitud de explicaciones racionales y conozco todos los argumentos a manejar para explicar lo que sucede y aparentemente es extraordinario.
Se que puede resultar risible. O ridículo. O absurdo. O impropio de mi presunta racionalidad. Ya digo, no necesito argumentaciones porque me las conozco TODAS.
Pero pedí y se me concedió y yo cumplo mis promesas.
Hay un Cristo en mi pueblo que se lleva la palma en número de favores concedidos. Lo sabemos por la enorme cantidad de promesas que van siguiendo su paso, cuesta arriba y abajo desde que sale de su templo hasta que se recoge de madrugada. Gente de todo tipo y pelaje, mujeres mayores, muchas, pero también chicas jóvenes, parejas de novios y hombretones fornidos. Gente humilde y gente menos humilde, algunos descalzos y la mayoría charlando y bien abrigada. Una se pregunta qué tipo de fervor tiene y qué tipo de favores pide tanta gente.
Yo pensaba que anoche la tropa de promesas iba a ser más numerosa de lo habitual, porque en estos tiempos la necesidad de favores ha aumentado. Pero o bien hay mayor número de descreídos o bien el Cristo no concedió tantos favores como era de esperar. Había mucha gente, sí, pero yo esperaba más. Es un apaño, el de las promesas, un tanto mercantilista, como se ve: le pido un favor al Cristo y le prometo ir tras su paso si me lo concede. Y si no me lo concede, me quedo calentita en casa y que le den.
Mucha gente se extrañó de que yo saliera de promesa anoche, tras el Cristo. Todo el mundo sabe que yo no tengo tratos con la Iglesia, que ni me casé ni bauticé a mis hijos y que desdeño la hipocresía beata de muchos parroquianos. Se que suena extraño confesar que pedí a Cristo un favor que no era para mi y que aquello que parecía imposible fue concedido. O se hizo realidad. Se que hay multitud de explicaciones racionales y conozco todos los argumentos a manejar para explicar lo que sucede y aparentemente es extraordinario.
Se que puede resultar risible. O ridículo. O absurdo. O impropio de mi presunta racionalidad. Ya digo, no necesito argumentaciones porque me las conozco TODAS.
Pero pedí y se me concedió y yo cumplo mis promesas.
martes, 26 de marzo de 2013
Memoria, pero selectiva
Este blog tiene tres etiquetas dedicadas a recordar. Escribir unas memorias suena muy pedante, pero en este blog hay partes donde lo hago descaradamente. Mis memorias selectivas, podría llamarlo.
Hace unos días, rebuscando en una vieja carpeta llena de papeles con poemas (horrendos y cursis), encontré un billete de autobús con la fecha -23 de septiembre de 1991- y recordé ese preciso día. No el viaje en autobús, ni lo que hice aquella mañana (un poco sí recuerdo: que me perdí por el centro de Jerez, que llegué al piso expectante, aún vacío, lleno de promesas). Recordé y seleccioné mis recuerdos y conseguí revivirlos.
Este blog a veces pretende ser un recipiente de recuerdos. Me gusta convertir recuerdos en palabras y jugar con ellas. Transformar sensaciones y trozos de experiencia en palabras y, dado que no se crear ficción, tener material con el que escribir. Que me salga bien o no, tampoco es importante. El único objetivo es pasármelo bien escribiendo. Ya saben lo onanista que puedo llegar a ser.
Cierto, es memoria selectiva la que hago, sólo recuerdo -y escribo sobre- los buenos momentos. Me gusta recuperar todo aquello que fue bello y fue bueno. No siento melancolía, ni me hundo en mares de tristeza por no tener, por haber perdido lo que perdí. Que tampoco hay que tomárselo como pérdidas, la cuestión es relativizar y sacarle provecho al pasado.
Pero yo soy un animal de bellota y suelo tropezar varias veces en las mismas piedras. Sacarle provecho al pasado no supone obtener buenas lecciones, que va, a tan moralista no llego. Por eso, los malos recuerdos suelen caer en un rincón de trastos y no tienen su lugar en este espacio. Ya digo, yo sólo escribo de lo que me conviene.
Hace unos días, rebuscando en una vieja carpeta llena de papeles con poemas (horrendos y cursis), encontré un billete de autobús con la fecha -23 de septiembre de 1991- y recordé ese preciso día. No el viaje en autobús, ni lo que hice aquella mañana (un poco sí recuerdo: que me perdí por el centro de Jerez, que llegué al piso expectante, aún vacío, lleno de promesas). Recordé y seleccioné mis recuerdos y conseguí revivirlos.
Este blog a veces pretende ser un recipiente de recuerdos. Me gusta convertir recuerdos en palabras y jugar con ellas. Transformar sensaciones y trozos de experiencia en palabras y, dado que no se crear ficción, tener material con el que escribir. Que me salga bien o no, tampoco es importante. El único objetivo es pasármelo bien escribiendo. Ya saben lo onanista que puedo llegar a ser.
Cierto, es memoria selectiva la que hago, sólo recuerdo -y escribo sobre- los buenos momentos. Me gusta recuperar todo aquello que fue bello y fue bueno. No siento melancolía, ni me hundo en mares de tristeza por no tener, por haber perdido lo que perdí. Que tampoco hay que tomárselo como pérdidas, la cuestión es relativizar y sacarle provecho al pasado.
Pero yo soy un animal de bellota y suelo tropezar varias veces en las mismas piedras. Sacarle provecho al pasado no supone obtener buenas lecciones, que va, a tan moralista no llego. Por eso, los malos recuerdos suelen caer en un rincón de trastos y no tienen su lugar en este espacio. Ya digo, yo sólo escribo de lo que me conviene.
sábado, 23 de marzo de 2013
23 de septiembre de 1991
Una tarde calurosa, como suele ser septiembre en Jerez. Nunca me acostumbré a ese calor terroso y aquella tarde era terrosa. Un vestido verde, mi vestido preferido. Unos extravagantes zapatos metalizados (que hoy en día resultarían horteras). Un Opel Kadett esperándome y yo, sabiéndome guapa, bajando escaleras entre la gente. Mis compañeros de curso probablemente extrañados de verme salir pitando sin despedirme.
Una hora más tarde, el fresco de una terraza junto al mar. Él contándome, minuciosamente, como solía contar las cosas, la manera de hervir bien los langostinos. No recuerdo si comí -no me entusiasman esos bichos-. Sí recuerdo probar una fantástica ensalada, de esas que llevan muchas cosas. Recuerdo una terraza junto al mar y un paseo por la playa. Recuerdo unos ojos del color del acero. Una voz con el tono del acero.
También recuerdo de nuevo Jerez y un colchón sobre el suelo. Calor. El calor terroso de Jerez y la desesperación por alargar la noche, aunque fuera tan condenadamente calurosa, no dormir, que fuera eterna.
Una hora más tarde, el fresco de una terraza junto al mar. Él contándome, minuciosamente, como solía contar las cosas, la manera de hervir bien los langostinos. No recuerdo si comí -no me entusiasman esos bichos-. Sí recuerdo probar una fantástica ensalada, de esas que llevan muchas cosas. Recuerdo una terraza junto al mar y un paseo por la playa. Recuerdo unos ojos del color del acero. Una voz con el tono del acero.
También recuerdo de nuevo Jerez y un colchón sobre el suelo. Calor. El calor terroso de Jerez y la desesperación por alargar la noche, aunque fuera tan condenadamente calurosa, no dormir, que fuera eterna.
viernes, 22 de marzo de 2013
Mandíbulas
Comencé la semana con crujidos en la mandíbula. Es una sensación desagradable. No dolorosa, pero MUY desagradable. Llego muerta de hambre del trabajo, agarro un trozo de pan y crac, la mandíbula que cruje. Me lancé a mirar en internet porque cuando me pongo aprensiva lo hago bien. Es MUY enojoso buscar dolencias en internet, a la gente con un mínimo de hipocondria como yo nos sume en pensamientos MUY insensatos.
Los motivos del crujido en las mandíbulas son, además, muy variados y todos desabridos (no graves, pero fastidiosos), así que no crean que me he martirizado indagando. Eso sí, estuve varios días quejándome en casa y en el trabajo de un MUY antipático dolor de cabeza. Curiosamente, a casi todos mis compañeros les dolía.
Pero ayer quedamos para salir de tapas tras el trabajo. Nos juntamos quince a despedir a dos compañeros interinos que se van y a celebrar el paso del ecuador. Fue un buen rato de charla intrascendente, cervezas y T. haciendo fotos. Nadie se quejó de dolor de cabeza y nadie reprochó nada.
Hoy en el trabajo estuve socializando más tiempo de lo habitual. Fue un viernes tranquilo y con ninguna bronca (ayer tuvimos varias y en una de ellas tuve que separar a dos que se hostiaban). Pude contar algunas historias de las que me gustan. Pude conversar y chismorrear un poco. Caía una lluvia fina y suave y el jardín olía bien.
Hoy casi no me crujen las mandíbulas.
Los motivos del crujido en las mandíbulas son, además, muy variados y todos desabridos (no graves, pero fastidiosos), así que no crean que me he martirizado indagando. Eso sí, estuve varios días quejándome en casa y en el trabajo de un MUY antipático dolor de cabeza. Curiosamente, a casi todos mis compañeros les dolía.
Pero ayer quedamos para salir de tapas tras el trabajo. Nos juntamos quince a despedir a dos compañeros interinos que se van y a celebrar el paso del ecuador. Fue un buen rato de charla intrascendente, cervezas y T. haciendo fotos. Nadie se quejó de dolor de cabeza y nadie reprochó nada.
Hoy en el trabajo estuve socializando más tiempo de lo habitual. Fue un viernes tranquilo y con ninguna bronca (ayer tuvimos varias y en una de ellas tuve que separar a dos que se hostiaban). Pude contar algunas historias de las que me gustan. Pude conversar y chismorrear un poco. Caía una lluvia fina y suave y el jardín olía bien.
Hoy casi no me crujen las mandíbulas.
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