Una cosa esplendorosa y requetesplendorosa es el amor. Yo vi el amor por primera vez en esa escena de El violinista en el tejado, donde hay una boda mágica y llena de velitas y suena el Sunrise, sunset. Tenía muy pocos años y es una maldad intuir el amor de esa manera: velas, penumbra y magia. Mi tierno corazoncito comenzaba a esponjarse y a elucubrar.
El amor es una cosa muy esplendorosa y yo lo he elucubrado desde pequeñina. Amor romántico mamado en mil y una películas, en mil y una canciones de amor, en una sinfonía harto masoquista. Yo soy muy clásica cuando me muevo en las esferas del amor romántico. Me gustan las películas clásicas -no necesariamente en blanco y negro- y las canciones de amor clásicas, lo cual modela un tipo de romanticismo a la antigua usanza, de cuidada estética.
No seré yo quien reniegue del amor romántico. Cuando leo por ahí a gente muy guay que echa pestes de las trampas del amor, yo salgo huyendo. Si renegara yo del amor romántico qué insulsa me volvería. No lloraría con finales felices o trágicos y no soñaría en las puestas de sol. Y nada de estremecerme con las viejas canciones, nada de navegar adormilada al amanecer.
Cierto, me conozco todas -casi todas- las trampas que va dejando por ahí, el dichoso AMOR. En algunas -muchas- caí. Como una pardilla. Por muy lista que parezca, yo soy una pardilla que gusta de enamorarse y tararear canciones. Y no me quejo y no reniego, el día que reniegue no seré yo, me habrán cambiado por otra y qué triste y aburrida.
No soy una de esas guays que le niegan el pan y la sal al ñoño y esplendoroso amor romántico. (Pero, Dios me perdone, tampoco me lo tomo muy en serio.)
sábado, 16 de marzo de 2013
jueves, 14 de marzo de 2013
El tubo del dentífrico (versionando a Cortázar)
Yo soy de las que nunca aprieta desde abajo el tubo del dentífrico.
Tampoco necesito escribir en papel rayado (aunque también uso libretas).
Ni me gusta concertar citas precisas.
Y hay días absolutamente inesperados en el que un encuentro casual es lo menos casual en mi vida.
Tampoco necesito escribir en papel rayado (aunque también uso libretas).
Ni me gusta concertar citas precisas.
Y hay días absolutamente inesperados en el que un encuentro casual es lo menos casual en mi vida.
martes, 12 de marzo de 2013
Sus labores
Me veo en la cocina con ocho o nueve años -pongamos ocho- charlando con mi madre. Por algún motivo -¿un trabajo para el cole?- estoy escribiendo a lo que se dedica mi familia. Papá es empleado de banca. ¿Banquero? Noooo, banquero no, empleado de banca (y le han ofrecido el puesto de apoderado pero él se ha negado porque quiere trabajar para vivir y no al contrario). ¿Y mamá? ¿Cómo se llama tu trabajo? Sus labores, me dice ella. "Sus labores" es la expresión más estúpida que me he encontrado jamás. ¿Por qué "sus labores"? Mi madre no sabe explicarme por qué. Por costumbre, supone. ¿No es mejor "ama de casa"? Supone que si. (Pero yo no recuerdo si al final escribí "ama de casa" o el detestable "sus labores".)
Por dos años, no hace tanto, fui ama de casa a tiempo completo. Lo elegí yo, por lo cual siempre me sentí una privilegiada. Llevaba a mi hijo mayor al cole y paseaba con el pequeño. A veces me aburría. A menudo miraba despectivamente a las madres que eran amas de casa siempre y se reunían a desayunar en el bar junto al colegio. Yo desayunaba sola leyendo la prensa. Ama de casa privilegiada y bastante snob. No tengo idealizada esa época pero a veces echo de menos cierta sensación de serenidad -aquella que buscaba y creí encontrar entonces-.
Cosas que me gusta hacer: tender la ropa. Yo tengo mi método para tender la ropa. Primero calcetines bien emparejados. A continuación, bragas y calzoncillos. Luego, todo lo demás. No hay razón alguna pero hacerlo así me relaja -¿trastorno obsesivo-compulsivo, quizás?-. Me gusta planchar la ropa que descuelgo del tendedero. Mientras plancho, medito. Yo soy muy zen planchando. Me sienta bien planchar aunque a menudo acabe con dolor de espalda. Me gusta poner sábanas limpias en las camas. Me gusta ver brillar el espejo del baño. Me gusta fregar los platos con agua caliente en invierno -nunca quise lavavajillas-. Pero detesto limpiar el polvo. Y a veces, cocinar. Sobre todo, planear lo que se va a comer mañana y a cenar (ag, ¿por qué hay que comer y cenar y volver a comer e intentar que todo sea equilibrado y sano?). Y no se coser.
Mi madre cose que da gloria verla. Ya lo hace menos pero, de pequeñas, ella nos hacía siempre la ropa y éramos niñas con vestiditos maravillosos que costaban tres perras con tela del mercadillo. Teníamos muchos vestidos y podíamos casi no repetir ropa entre semana. Cuando vivía en casa de mis padres, ella pasaba las tardes cose que te cose. Puedo echar de menos el runrun monótono de su máquina singer; incluso el momento odioso de probarnos la ropa nueva, las manos siempre frías de mi madre clavando alfileres, su cálida paciencia, esa que tanto a mi me falta.
Por dos años, no hace tanto, fui ama de casa a tiempo completo. Lo elegí yo, por lo cual siempre me sentí una privilegiada. Llevaba a mi hijo mayor al cole y paseaba con el pequeño. A veces me aburría. A menudo miraba despectivamente a las madres que eran amas de casa siempre y se reunían a desayunar en el bar junto al colegio. Yo desayunaba sola leyendo la prensa. Ama de casa privilegiada y bastante snob. No tengo idealizada esa época pero a veces echo de menos cierta sensación de serenidad -aquella que buscaba y creí encontrar entonces-.
Cosas que me gusta hacer: tender la ropa. Yo tengo mi método para tender la ropa. Primero calcetines bien emparejados. A continuación, bragas y calzoncillos. Luego, todo lo demás. No hay razón alguna pero hacerlo así me relaja -¿trastorno obsesivo-compulsivo, quizás?-. Me gusta planchar la ropa que descuelgo del tendedero. Mientras plancho, medito. Yo soy muy zen planchando. Me sienta bien planchar aunque a menudo acabe con dolor de espalda. Me gusta poner sábanas limpias en las camas. Me gusta ver brillar el espejo del baño. Me gusta fregar los platos con agua caliente en invierno -nunca quise lavavajillas-. Pero detesto limpiar el polvo. Y a veces, cocinar. Sobre todo, planear lo que se va a comer mañana y a cenar (ag, ¿por qué hay que comer y cenar y volver a comer e intentar que todo sea equilibrado y sano?). Y no se coser.
Mi madre cose que da gloria verla. Ya lo hace menos pero, de pequeñas, ella nos hacía siempre la ropa y éramos niñas con vestiditos maravillosos que costaban tres perras con tela del mercadillo. Teníamos muchos vestidos y podíamos casi no repetir ropa entre semana. Cuando vivía en casa de mis padres, ella pasaba las tardes cose que te cose. Puedo echar de menos el runrun monótono de su máquina singer; incluso el momento odioso de probarnos la ropa nueva, las manos siempre frías de mi madre clavando alfileres, su cálida paciencia, esa que tanto a mi me falta.
viernes, 8 de marzo de 2013
La semana endiablada
La semana entera lloviendo. Si sólo fuera lluvia. Pero la semana entera con uno de esos temporales de mil demonios sin sol y sin estrellas. Ayer llegué empapada al trabajo. Soy tan cabezota: tengo compañeros que me dicen, Mar, avisa y te recojo en coche, pero yo no, yo prefiero ir caminando al trabajo, esos treinta minutos físicos y a veces espirituales, míos y de nadie más. Ayer llegué al trabajo empapada porque se me rompió el paraguas con el viento endiablado y aunque llevo botas de agua y un chaquetón bien gordo, no pude evitar que el viento me mojara la cara, las manos y las rodillas.
Si sólo fuera lluvia. O viento. Pero la semana entera con el ambiente laboral enrarecido por culpa de esos absurdos que se presentan de vez en cuando y el encabronamiento de unos y la maledicencia de otros. Yo intentando mediar sin que me salpiquen toxinas. Curiosas a veces las relaciones laborales que se emponzoñan: no queda más remedio que ponerse el impermeable y esperar que el veneno te moje sólo un poco -la cara, las rodillas, partes que sean fáciles de limpiar- y esperar, también -metáfora poco elaborada, lo se- a que se aclaren un poco las nubes.
Si sólo fuera lluvia. O viento. Pero la semana entera con el ambiente laboral enrarecido por culpa de esos absurdos que se presentan de vez en cuando y el encabronamiento de unos y la maledicencia de otros. Yo intentando mediar sin que me salpiquen toxinas. Curiosas a veces las relaciones laborales que se emponzoñan: no queda más remedio que ponerse el impermeable y esperar que el veneno te moje sólo un poco -la cara, las rodillas, partes que sean fáciles de limpiar- y esperar, también -metáfora poco elaborada, lo se- a que se aclaren un poco las nubes.
lunes, 4 de marzo de 2013
Desmontando pelis: Algo para recordar
Que en realidad se llama SleepLess in Seattle, o Desvelado en Seattle, título que se entiende mucho mejor, dado que en la peli poco se habla de recordar. El caso es que llevaba mucho tiempo sin verla pero ayer me pilló la tarde tonta y no ponían nada del otro mundo en el resto de canales. A veces es un placer perverso comprobar lo mal que envejecen algunas películas. El caso de Algo para recordar es uno, ayer mismo lo constaté.
Meg Ryan. Hace años resultaba graciosa y pizpireta. Incluso en esta peli. Ya no, ahora la veía y me resultaba una moñas insufrible y paranoica. El palo que le da al novio en pleno Nueva York y el Día de San Valentín es de juzgado de guardia. Hay que ser muy cabrona para dejar plantado a tu novio tan mono, que te acaba de regalar el anillo que perteneció a su madre, todo corazón. Pues no, la escena se resuelve en un dialogo perfectamente civilizado y lleno de sonrisas. No te lo crees ni en tus mejores sueños.
El niño. Es repelente por decirlo de manera suave. Malcriado. Consentido. Con ocho años cruza solito los Estados Unidos en avión y no se caga de miedo. Mi peque de seis -casi siete- años lo flipaba. ¿Tú te montarías solito en avión? le pregunté. Ya saben la respuesta: ninguno de los dos nos imaginamos qué clase de niño hace cosas así.
Rosie O'Donell y Rob Reiner. Los amigos gorditos y ocurrentes. ¿Por que los amigos de los protagonistas son siempre gorditos y menos atractivos y deseables, pero sí ocurrentes? Además Rosie O'Donell siempre bebe con el meñique tieso, es una cursi.
La banda sonora. ¿Por qué Stardust, Makin'whoopie y todos esos temas preciosos me resultan tan prescindibles y ñoños en esta peli? En cualquiera de Woody Allen -y pienso en Hannah y sus hermanas- no; pero en esta peli de almíbar hasta las cejas la banda sonora te hunde en la hiperglucemia absoluta.
El chiste más repetido de la película. La vieja historia de pelis de hombres y pelis de mujeres. En su día me hizo gracia pero el chiste ya esta pasado. O repetido. Y qué coño, eligen a una de mis pelis favoritas de todos los tiempos como peli de hombres: Doce del patíbulo. Me niego a que Doce del patíbulo tenga la exclusividad masculina.
Pero, patética de mi, siempre lloro al final. Yo no quería, yo odiaba esa sensación ñoña que me estaba embargando pero lloré. Dos lagrimones como dos perfectas gotas, redonditos y calentitos. Ya ven, yo soy perro ladrador pero poco mordedor.
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| Meg Ryan recordando algo |
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| Por fin el niño repelente se durmió |
Rosie O'Donell y Rob Reiner. Los amigos gorditos y ocurrentes. ¿Por que los amigos de los protagonistas son siempre gorditos y menos atractivos y deseables, pero sí ocurrentes? Además Rosie O'Donell siempre bebe con el meñique tieso, es una cursi.
La banda sonora. ¿Por qué Stardust, Makin'whoopie y todos esos temas preciosos me resultan tan prescindibles y ñoños en esta peli? En cualquiera de Woody Allen -y pienso en Hannah y sus hermanas- no; pero en esta peli de almíbar hasta las cejas la banda sonora te hunde en la hiperglucemia absoluta.
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| Las chicas sólo ven pelis ñoñas |
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| AQUÍ LLORO SIEMPRE |
sábado, 2 de marzo de 2013
BDSM y sexismo benevolente
Hay quien se instala cómodamente en su relación BDSM para enmascarar su concepto tradicionalista de pareja. En teoría una relación de hombre Dominante y mujer sumisa es el tipo de relación que tuvieron nuestros abuelos -e incluso mi padre y mi madre en sus tiempos mozos-. Coges al abuelo y a la abuela, aderezas su relación con protocolo y sadomasoquismo y ya tienes, en teoría, digo, un 24/ 7 de los buenos.
Pero ya todos sabemos que el BDSM no es eso. Porque, para empezar, la abuela no había suscrito ningún consenso con el abuelo y si él era el que llevaba las riendas de la relación era por pura y simple costumbre, el peso de siglos de patriarcado. Y si la abuela se intentaba apear y decía que hasta aquí hemos llegado, lo tenía difícil ya que ninguna ley la amparaba en su decisión. Eran relaciones, aquellas, santificadas por el derecho.
Una relación BDSM -mi concepto de relación BDSM- parte de una decisión entre iguales. Con su consenso y sus normas y la conciencia de que lo dejas cuando ya no te mola y nadie sufre por ello. Las relaciones BDSM son sólo aptas para gente emocionalmente equilibrada, cosa que a menudo se obvia. Así, es frecuente encontrar a gente que busca llenar sus carencias afectivas y, lo que es peor, a gente que busca enmascarar su personalidad naturalmente sumisa o dominante en el marco de una relación D/s. Mal.
El mundo BDSM está plagado de sexistas benévolos. Son más sibilinos que esos típicos machitos a los que le das un corte con dos frases. El sexista benévolo se mueve en el marco D/s como pez en el agua: usa la coartada de la "educación de su sumisa" para florecer en todo su esplendor. Paternalistas, pedantes y plomazos, los Dominantes que practican el sexismo benevolente no soportan tener sumisas más cultas que ellos y nunca admitirán que sus sumisas les pueden dar lecciones. Por supuesto, las feministas sumisas les caemos como tres patadas al estómago.
Ya tengo escrito por aquí que meterse en una relación BDSM siendo sumisa por naturaleza no tiene ningún mérito. Es más, yo prohibiría a todas las mujeres que se declaran sumisas por naturaleza embarcarse en una relación BDSM, por su bienestar emocional. Si unimos a una sumisa por naturaleza con un sexista benévolo no tendremos una relación BDSM sino una pareja tradicional y patriarcal de las de toda la vida, pero con azotes y sexo duro.
La belleza del BDSM estriba, en mi opinión, en asumir el rol sin que éste sea algo innato. Ser sumisa sin serlo pero por el placer de disfrutar de algo que eliges libremente, no empujada por la naturaleza. Adoptar un rol con el que sientes placer y crecimiento personal y, cuando sales del mismo, ser la igual del otro. Incluso con el rol las 24 horas los 7 días de la semana, pero con la conciencia de que puedes dejarlo cuando ya no te satisfaga.
Optar por la desigualdad permanente y sustentada en un concepto del BDSM de vieja guardia es, en mi opinión, una muestra de pensamiento patriarcal y sexista. De buen rollo, si, pero sexista y profundamente misógino.
Pero ya todos sabemos que el BDSM no es eso. Porque, para empezar, la abuela no había suscrito ningún consenso con el abuelo y si él era el que llevaba las riendas de la relación era por pura y simple costumbre, el peso de siglos de patriarcado. Y si la abuela se intentaba apear y decía que hasta aquí hemos llegado, lo tenía difícil ya que ninguna ley la amparaba en su decisión. Eran relaciones, aquellas, santificadas por el derecho.
Una relación BDSM -mi concepto de relación BDSM- parte de una decisión entre iguales. Con su consenso y sus normas y la conciencia de que lo dejas cuando ya no te mola y nadie sufre por ello. Las relaciones BDSM son sólo aptas para gente emocionalmente equilibrada, cosa que a menudo se obvia. Así, es frecuente encontrar a gente que busca llenar sus carencias afectivas y, lo que es peor, a gente que busca enmascarar su personalidad naturalmente sumisa o dominante en el marco de una relación D/s. Mal.
El mundo BDSM está plagado de sexistas benévolos. Son más sibilinos que esos típicos machitos a los que le das un corte con dos frases. El sexista benévolo se mueve en el marco D/s como pez en el agua: usa la coartada de la "educación de su sumisa" para florecer en todo su esplendor. Paternalistas, pedantes y plomazos, los Dominantes que practican el sexismo benevolente no soportan tener sumisas más cultas que ellos y nunca admitirán que sus sumisas les pueden dar lecciones. Por supuesto, las feministas sumisas les caemos como tres patadas al estómago.
Ya tengo escrito por aquí que meterse en una relación BDSM siendo sumisa por naturaleza no tiene ningún mérito. Es más, yo prohibiría a todas las mujeres que se declaran sumisas por naturaleza embarcarse en una relación BDSM, por su bienestar emocional. Si unimos a una sumisa por naturaleza con un sexista benévolo no tendremos una relación BDSM sino una pareja tradicional y patriarcal de las de toda la vida, pero con azotes y sexo duro.
La belleza del BDSM estriba, en mi opinión, en asumir el rol sin que éste sea algo innato. Ser sumisa sin serlo pero por el placer de disfrutar de algo que eliges libremente, no empujada por la naturaleza. Adoptar un rol con el que sientes placer y crecimiento personal y, cuando sales del mismo, ser la igual del otro. Incluso con el rol las 24 horas los 7 días de la semana, pero con la conciencia de que puedes dejarlo cuando ya no te satisfaga.
Optar por la desigualdad permanente y sustentada en un concepto del BDSM de vieja guardia es, en mi opinión, una muestra de pensamiento patriarcal y sexista. De buen rollo, si, pero sexista y profundamente misógino.
lunes, 25 de febrero de 2013
Enanos toreros
Viendo Blancanieves de Pablo Berger recuperé una pequeña historia olvidada, la de aquella vez que fui a ver al Bombero Torero. Mi abuelo llamaba a aquel espectáculo "La Charlotá", supongo porque aparecía un cómico haciendo de Charlot. Creo que en mi pueblo todo el mundo decía "La Charlotá", en un tiempo ya olvidado.
Mi abuelo me convenció para ir, un día de Feria. Me describió un espectáculo tan brillante y divertido que cualquiera se resistía. Mi abuela preparó la merienda y yo recuerdo un bocadillo de algo delicioso. Y quizás Fanta o Mirinda. Recuerdo que mi única preocupación, antes de entrar en la Plaza, era si haría mucha calor, porque teníamos asientos de Sol y Sombra. Recuerdo que mi abuelo contaba horrores de los asientos de Sol -te asabas a las cinco en junio- y que los asientos de Sombra eran muy caros. Supuse que la decisión de Sol y Sombra era la más acertada: era muy listo mi abuelo.
Creo que ha sido la única vez que he visto un espectáculo taurino, aquella tarde del Bombero Torero. Recuerdo sol -poca sombra- y muchísima gente, muchos niños como yo, con abanicos, gorrillas, aquellas almohadillas y chavalines vendiendo pipas. Recuerdo que yo pensaba obsesivamente en aquellas sevillanas de Manolo Escobar que ya de tan pequeña me parecían el colmo de la ordinariez.
Recuerdo que no me divertí. Que me sentí triste y bastante rara porque se supone debía reírme con aquellos enanos que daban volteretas y tropezones, reirme como todos los niños en aquella Plaza se reían, pero carajo, yo no era capaz. Supongo que me pareció un espectáculo tan desolador que procuré olvidarlo. Y sin embargo cuando ayer recordé esa tarde, viendo Blancanieves, sentí una extraña alegría.
Mi abuelo me convenció para ir, un día de Feria. Me describió un espectáculo tan brillante y divertido que cualquiera se resistía. Mi abuela preparó la merienda y yo recuerdo un bocadillo de algo delicioso. Y quizás Fanta o Mirinda. Recuerdo que mi única preocupación, antes de entrar en la Plaza, era si haría mucha calor, porque teníamos asientos de Sol y Sombra. Recuerdo que mi abuelo contaba horrores de los asientos de Sol -te asabas a las cinco en junio- y que los asientos de Sombra eran muy caros. Supuse que la decisión de Sol y Sombra era la más acertada: era muy listo mi abuelo.
Creo que ha sido la única vez que he visto un espectáculo taurino, aquella tarde del Bombero Torero. Recuerdo sol -poca sombra- y muchísima gente, muchos niños como yo, con abanicos, gorrillas, aquellas almohadillas y chavalines vendiendo pipas. Recuerdo que yo pensaba obsesivamente en aquellas sevillanas de Manolo Escobar que ya de tan pequeña me parecían el colmo de la ordinariez.
Recuerdo que no me divertí. Que me sentí triste y bastante rara porque se supone debía reírme con aquellos enanos que daban volteretas y tropezones, reirme como todos los niños en aquella Plaza se reían, pero carajo, yo no era capaz. Supongo que me pareció un espectáculo tan desolador que procuré olvidarlo. Y sin embargo cuando ayer recordé esa tarde, viendo Blancanieves, sentí una extraña alegría.
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