miércoles, 10 de octubre de 2012

Barrio cani

En mi barrio cani chocas cada día contra un muro de realidad, realidad de la buena, no de la que circula por internet. Es un barrio cani pero no chungo, tiene sus zonas nobles y otras menos, pisos que necesitan un lavado de cara, casonas con la fachada sin repellar, tiene hasta huertos con gallinas. Y solares con pandillas de gatos que me recuerdan a E.

Hace unos años veías a más chavales cargados de oro. Hasta las niñas llevaban más piercings en la cara, ahora parece que cambiaron la moda o las necesidades. En el barrio encuentras gente de la construcción y en paro, limpiadoras por horas, currelas de las fábricas, mecánicos, transportistas, gente que pone puestos de castañas; poco médico u abogado se ve por aquí. En este barrio cani hay niñas que se preñan a los quince; hay moros, payos y gitanos que van al cole y familias donde la abuela es la que cuida de los críos porque el padre está en la cárcel y de la madre mejor no hablar.

Si embargo, en mi barrio cani no verás gente bailando en los portales ni haciendo el lila por la calle. Hay tristeza y hay buena vecindad; hay, a veces, alguna pelea entre marías y a veces gente que toma el sol y come pipas en el parque (cutre). Mi barrio cani es demasiado mediocre para salir en Callejeros.

viernes, 5 de octubre de 2012

El canalla encantador

El Gallego era un encantador de serpientes. De gallego sólo tenía el apellido y que sabía hacer el conxuro para la queimada. Una vez nos preparó una, aunque creo que no le salió del todo bien. Pero daba igual, porque casi todos sus defectos se los perdonábamos. Él te sacaba esa sonrisa de canalla y te agarraba por la cintura, te decía tres o cuatro cosas bonitas y ya se lo perdonabas todo. Era un demonio.

Nunca lo vimos entrar en clase, se suponía que iba a cuarto o quinto pero él siempre estaba en la esquina del bar de la facultad, con sus acólitos, bebiendo y ejerciendo de Padrino. Tenía hechuras de siciliano, aunque era muy alto, y se peinaba con el pelo hacia atrás, no a la manera pija sino como un arrabalero. Tenía la voz cazallera, fumaba compulsivamente, era un compendio de virtudes.

No recuerdo cómo nos hicimos un lugar a su lado, en la esquina del bar y cómo comenzó a frecuentar nuestro piso, pero, sin que mediaran amor o sexo, el Gallego se pegó a nosotras y nos embarcó en juergas de primera. Nos llevaba a bares de barrio a comer el menú del día, nos llevaba a tabernas de viejo donde ponían buena cerveza, nos sacaba a bailar. Decidió que nos iba a enseñar a bailar el tango y así se tiró una temporada, sin que nunca avanzáramos un palmo. Él era así, nunca acababa los planes.

Ya digo que entre C. y él hubo tensión sexual no resuelta y todas las compañeras del piso aguardábamos expectantes al día en que por fin se dieran el lote. Nunca ocurrió, supongo que C. no se atrevió a embarcarse en una relación con un tipo tan impredecible y quizás al Gallego sólo le apetecía llenarla de piropos en lunfardo. Un día apareció con una novia de verdad, una chica dulce y guapa que no le pegaba ni con cola, pero a él se le veía loco. El noviazgo le retiró del mapa de la farra y casi dejamos de verlo, lo cual no es raro aún en los tipos más canallas y embaucadores.

 

jueves, 4 de octubre de 2012

Nuestra casa de locos

Teníamos una casa de locos y la culpa era de C., que se vino a vivir con nosotras y nadie supo predecir las consecuencias. Nuestro piso de estudiantes, gracias a C., estaba por las tardes lleno de gente que se apalancaba a tomar café y a veces a cenar. A mi me llevaban los demonios. No por soportar a más de un gorrón, sino porque parecían no darse cuenta de que éramos estudiantes y DEBÍAMOS estudiar.

La mayoría de los apalancados perdían la gracia a los dos días. Al principio molaban porque resultaban exóticos: un perroflauta, un teddy-boy, un siniestro, un guitarrista que salía en Carnaval. Solían ser gente de la propia facultad y C. se los traía a casa por simple hospitalidad. La recuerdo en los pasillos, conociendo a un futuro gorrón: Oye, y por qué no te vienes a casa a tomar un cafelito? y yo me destrozaba la cara, haciéndole muecas para que se callara la boca. La pava nunca se daba por enterada y los gorrones aceptaban una invitación que, lo juro, C. decía siempre por compromiso.

C. es así, simpatía en estado puro y nunca le oirás un no. Yo se que a ella también le terminaban cansado aquellas visitas tan largas y casi diarias. A veces la veías entrar en modo pánico porque tenía un examen al día siguiente y los jetas no acababan de irse. Pero nunca, nunca los echaba. Era agotador.

Cuando los apalancados se quedaban a cenar yo me cabreaba mucho con C. y el resto de compañeras también, pero a mi se me notaba más. También me cabreaba con los apalancados y les miraba con cara de mala hostia, pero, como suele pasar entre esa gente, ellos no se daban cuenta. Tampoco se daba cuenta C. porque es una bendita. Sólo había uno que no me molestaba y era el Gallego: aquel canalla encantador me parecía ideal para C. y yo notaba que los dos se gustaban. Fue una relación tensa y ambigua, la del Gallego y mi amiga C. , que nunca hablaba de hombres y nunca se dejaba querer, aunque supongo que fue mejor para ellos no acabar juntos.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Los condescendientes

Los pedantes son una monada. Les dediqué un texto hace tiempo y ya somos como viejos amigos. Me resultan monos porque son previsibles. Los ves venir, abren la boca y ya sabes qué van a decir. Entonces ladeas la cabeza y piensas: qué mono, qué listo y qué salado.

Como son previsibles no resultan dañinos ni molestos. La pedantería es lo que tiene: te acostumbras a convivir con ella y no pasa nada, a lo sumo te da para escribir un post y -ojalá- haces reír a tus lectores. Además, te ayuda a valorar mejor lo que tienes o conoces: esos caballeros no pedantes que son hombres como la copa de un pino. En cambio, los pedantes son sólo una ricura, poco dignos de admirar.

A menudo se ponen en modo condescendiente. Ellos no se dan cuenta  y lo hacen cuando están a la defensiva. Los pedantes suelen carecer de argumentos sólidos y recurren a la pedantería -o a la condescendencia- para epatar. Tú les caes mal o les apetece hacer una gracia  o les apetece desahogarse un ratito y te sueltan una pose de perdonavidas. Sin argumentos, claro, porque no llegan a tanto. O con argumentos mediocremente llevados o mal hilvanados: los pedantes suelen embrollarse con sus discursos -se admiran mucho a sí mismos y eso obnubila.

Son decorativos, como las figuritas de Lladró, un poco viejunos y cursis, pero inofensivos a la vista si te acostumbras a verlos a diario. A mi me gusta verlos cuando se ponen como ejemplo de cultura. Cuando se erigen en icono -Lladró, pero iconos- y se ven a si mismos tan irresistibles. Se creen muy en serio su papel, ya digo que son una monada.

martes, 2 de octubre de 2012

Levedad del ser

Viejas fotos. Mis abuelos maternos en una de aquellas fotos de estudio, jóvenes guapos. Mi abuelo de uniforme la mira a ella con deseo. Jamás vi una foto de estudio así, mi joven y bellísima abuela mirando a la cámara y mi abuelo comiéndosela con los ojos. Su nariz, su cara alargada y varonil. Tanto deseo, su legado.

Mi tío el que murió, en un puñado de fotos que guardaba su hermana. Murió con veinticuatro, veinticinco años y yo no le conocí pero me hablaron mucho de él. Tanto que es casi un mito.  Me contaron que era bueno, inteligente, hablaba inglés. Que era muy formal, muy trabajador, me contaron siempre cosas buenas de él. Aparece delgado, elegante, a veces sentado con negligencia, sonriente, con sonrisa blanca, un hermosísimo y varonil ejemplar. Su novia era rubia y a veces me la encuentro en el Mercadona. ¿Saben que aún se echa a llorar cuando recuerda a mi tío? Y, aunque se casó, la he escuchado decir que nunca amó a nadie como a él, ese chico guapo que murió.

 

lunes, 1 de octubre de 2012

No entran moscas

En boca follada no entran moscas, imposible hablar, sólo polla, lo cual es muy cómodo porque no tengo que moverme apenas.

En boca follada solo tengo que abrir y tragar sin hablar, sólo dejar que la pelvis trabaje y empuje, empuje, dentro, fuera, más y más.

Una boca follada se adapta, circunnavega, se hace muelle y flexible, circular, única, suprema, carnívora, líquida, se acopla, se doblega y no dice nada.

Tus zonas erróneas

Hoy vino la revista del Círculo de Lectores. Mi amigo JJ me dice que soy una antigua porque aún compro en Círculo. Soy una socia veterana, tengo la casa atestada de libros de Círculo y es una querencia con tintes románticos (romanticismo sin mayúsculas). Tengo mi e-book y todo, pero yo sigo comprando libros en papel y coleccionando marcapáginas.

En esta ocasión la revista trae muchos libros de autoayuda, lo cual, viviendo como vivimos, es muy lógico. La gente se está olvidando de cómo vivir y necesita manuales que le enseñen. La gente tiene miedo a fracasar en su trabajo, en sus relaciones de pareja, en sus emociones, tiene miedo a estar triste, a no ser buenos padres, a todo. La gente necesita que le digan, muy clarito, cómo motivarse, no dejarse manipular, soportar sus indecisiones, tomar decisiones, no dejarse abrumar por el estrés, dominar el pánico, no preocuparse.

Ya hablé hace tiempo de mi primer y único libro de autoayuda, aquel del doctor W. Dyer que aún es superventas. Tus zonas erróneas. Maldito libro, me comió el coco durante mucho tiempo. ¿Conté que una vez, de adolescente, fui al psicólogo, de lo adolescentemente confundida que me sentía? El muy cabrón me recomendó leer el puñetero libro. Una y no más, lo siento por los psicólogos que me lean, nunca más me tendrán de paciente.

Pero leyendo algunos blogs me entran muchísimas, muchísimas ganas de escribir mi propio manual de autoayuda. Seria genial. Lo tengo todo. Tengo experiencia, madurez, una sosegada perspectiva de la vida. Soy sensata, sobria, segura y unas cuantas eses más. Tengo sentido del misticismo y podría ser una segunda Paulo Coelho, o una segunda Eduardo Punset. Mi empatía es ilimitada. Sobre todo, me da mucha, muchísima pena leer ciertas cosas, supererróneas, superequivocadas, de gente que se lo cree. Sufre. Y yo sufro con ellos.