jueves, 7 de junio de 2012

Lista de la compra


E. va al mercadona y no se percata de los daños colaterales.

E. prepara hígado para almorzar. Nada de filete de pollo. Vuelta y vuelta de hígado a la plancha. Yo, con cosas así, siento temblar las piernas.

E. me cuenta que ha comprado bananas.

Banana la que tú tienes, le contesto.

Yo puedo ser muy vulgar. Muy zorra y muy vulgar, pero ya digo que son daños colaterales.




lunes, 4 de junio de 2012

Reencuentro

En cinco años de carrera universitaria, mis profesores me enseñaron muy poco. Podría contar con los dedos de una mano y aún me sobrarían dedos, a los profesores que me enseñaron algo que mereciera la pena. Algunos se limitaban a dictar apuntes. Otros casi nunca aparecían y, cuando lo hacían, daban una clase magistral, sí, pero del único tema que dominaban. En cinco años de carrera yo aprendí de mis compañeros.

Éramos un grupo pequeño, unos quince, con las mismas ganas de divertirnos y aprender. Juntos viajábamos, viajes culturales-gastronómicos. Juntos íbamos a exposiciones, congresos y conferencias. Organizábamos comidas donde cada uno aportaba su especialidad -los huevos rellenos de V, las papas aliñás de M., las trufas de chocolate de A.-. Competíamos sanamente en lograr sobresaliente. Descubríamos bares con tapas exquisitas. Hacíamos juegos de campamento, larguísimas tardes jugando, haciendo confidencias, haciendo planes.

Después de veinte años, celebramos nuestro reencuentro. Nuestro delegado de clase hizo un brindis, dijo que con nosotros vivió los años más felices de su vida. Más tarde fuimos preguntando a los demás si era así, si aquellos fueron realmente los años más felices. Yo les dije que no, que afortunadamente he vivido otros años felices pero que aquellos años tuvieron una magia irrepetible, que no se volverá a dar. Y que el pasado sábado, logramos volver, por unas horas, a acariciar.

jueves, 31 de mayo de 2012

Colectivos

Supongo que no, que no desconfío de los colectivos, yo que siempre he sido de izquierdas y creo en el poder del pueblo y blablabla. Más bien tengo falta de confianza en mi, cuando me sumerjo en un colectivo. A veces envidio a la gente que nada como pez en el agua en ellos, esa retórica brillante, la facilidad para tomar la palabra y desgranar ideas molonas y sobre todo, realizables. Pero también tiendo al menosprecio hacia esa gente que toma la palabra y hace demagogia. Que son tantos.

Tengo tendencia a huir de cualquier colectivo cuando hace demagogia, por eso no me verán jamás en una movida temática, ni ecologista, ni 15M, ni siquiera bedesemera. Me apasiona el debate pero entre individualidades y cuando se contempla la posibilidad del relativismo. Incluso del escepticismo.

Siempre me fue bien yendo a mi aire. Las veces que no lo hice, me sentí incómoda y sobre todo, impostada. No me pidan que firme manifiestos para quedar bien. Ni que haga ruido en demasiadas manifestaciones. Ni siquiera que acuda a quedadas o actos comunitarios donde la gente se reconforta por su igualitaria forma de pensar.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Asamblea

Vengo de una asamblea. De cinco cosas que se hablaban, una era una propuesta sólida, coherente y realizable. El resto, humo.

A la gente le entusiasma escucharse y hacer bonita retórica.

Yo hablé, un poco aunque debí haber hablado menos. Pero te dan un micro y parece que te abduce. No se si dije algo que mereciera la pena,  retórica seguro que no. Yo soy un poco balbuceante.

¿Sacaremos algo en claro? Ahora lo dudo mucho y eso que soy la más optimista de la blogosfera. Tiendo a desconfiar de las colectividades.

lunes, 28 de mayo de 2012

Yo quería ser la Perla de Labuan

La Perla de Labuan, no me digan que no suena a amor salvaje. Kabir Bedi hizo mucho daño a las jovenzuelas de mi generación. No puedes poner en pantalla, un sábado por la tarde, a semejante ejemplar de ojos verde-aceituna. Que se despechugaba a la mínima. Era el Tigre de Malasia, señores.

Yo ya me sabía la historia de mis Joyas Literarias y por supuesto Mariana era mi heroína favorita. Pero no por ella sino por enamorar al Tigre. Él la raptaba, recuerden. Iba a la mansión de su tío (¿era el duque de VanGuld?) y la sacaba tan pimpante de sus aposentos. Ahí con sus dayakos, el bueno de Yáñez (que también me molaba) y el canijo Kammamuri.

Tengo la viñeta en la memoria: Sandokan con Mariana en brazos, corriendo por la selva esa de Borneo. Yo es que siempre quise que me raptaran así.

domingo, 27 de mayo de 2012

Tardes de caracoles

Entre mayo y junio los bares de mi cutreciudad se llenan de gente comiendo caracoles. Es el anuncio del verano, de la feria, de las noches despreocupadas en las terrazas de los bares. También hay quien hace caracoles en casa. Mi tita los prepara y hace muchos años, mi abuela. Ahora vienen de Marruecos y se compran en Mercadona. Antes íbamos a cogerlos al campo y de paso nos traíamos matitas de poleo. Los caracoles al poleo huelen divinamente.

En realidad yo no como caracoles. Me apunto a los caracoles de mi tía por pasar un buen rato con mi pequeña familia extensa. Ayer, con mis dos primos guapos y sus mujeres, charlé y pillé un medio punto. Yo no quería una tercera cerveza pero cualquiera se resiste a la sonrisa encantadora de mi tío. A mi tito, cuando sonríe, se le achinan mucho los ojos y tartamudea. En sus tiempos fue el terror de las nenas de la barriada.

Yo no como caracoles pero de pequeña iba con mi abuelo a cogerlos, tarea que es un pelín asquerosita. Mi abuela los lavaba en el fregadero y era un placer verla restregar con sus brazos fuertes de carnicera y quitar babas de caracol. Las tardes de caracoles en el patio de mi abuela eran una fiesta. Podíamos beber toda la cocacola del mundo porque de todos es sabido que comiendo caracoles no se puede beber agua, porque es indigesto. Podíamos acostarnos supertarde. Podíamos hacer el ganso en el patio y beber el delicioso caldo con aroma a poleo. Yo montaba a veces mi numerito de cante y baile, dado que era "la niña que canta". El patio comenzaba a oler, muy delicadamente, a jazmín. Eran la antesala a las largas, mágicas noches del verano.

sábado, 26 de mayo de 2012

Bambi y lo que vino después

Es un peluche de Bambi de gran tamaño. No recuerdo cómo llegó a casa, quizás  nos tocó en una tómbola de la Feria, pero vaya coñazo tuvo que ser porque es un peluche de buen tamaño e imagino a mi padre cargando con el peluchito por toda la Feria por darle un capricho a sus hijas. Con siete años podía montarme sobre él, como si fuera mi pequeño pony.

Cuando cabalgaba sobre mi Bambi me frotaba sobre su lomo. Adelante y atrás. Me gustaba pero sospechaba que no era apropiado. Me frotaba sin saber qué era mi sexo. Mi sexo era para hacer pipí pero nunca me había agachado para mirarlo. Me gustaba frotarme contra el Bambi y sentirme un poco culpable por ello.

¿Cuándo lo supe? ¿Cuándo me percaté de que mi coño servía para el placer? ¿En mi primer orgasmo, con aquel Lib escondido bajo la butaca? Me pilló tan de sorpresa que me asusté. ¿Cuándo supe que el sexo lo llevaba en la piel? ¿Aquella vez que Paco2 me paró en la calle? ¿La primera vez que sentí una polla apretada contra el vientre? ¿Cuándo supe que tenía poder? ¿La primera vez que me felicitaron por mamarla tan bien? ¿Cuándo supe que el sexo era tan importante que comencé a no darle importancia? ¿La primera vez que me masturbé sin sentirme culpable? ¿La primera vez que tuve sexo con un desconocido? Quizás eso tampoco tenga tanta importancia.

El Bambi sigue en casa. No se por qué. Una vez quise tirarlo pero algo pasó, que no recuerdo, que me lo impidió, una chorrada de camiones de la basura u horarios de recogida de trastos viejos, no se, el caso es que me lo pensé más, me acabó dando pena y ahí sigue en un rincón, viejo y despeluchado. Ya creo que no lo tiraré jamás.