miércoles, 18 de abril de 2012

Sueño puttanesco

Tuve un sueño puttanesco y terriblemente empresarial.

Vivo en un piso que es un bajo, con ventana a la calle. Pongo un cartel, no se si en la puerta o dónde, da igual, que literalmente dice "Mamadas a 6 euros" (No me juzguen, no tengo espíritu capitalista, lo se).

Lógicamente, con tal ganga, tengo clientes a porrillo.

A cada cliente le digo que se lave bien la polla en el servicio. Todos lo hacen escrupulosamente.

Llevo vaqueros y camiseta. No voy ni ceñida, ni escotada. Es una transacción muy básica. Tú pones la polla, yo te la mamo y a huir. Llevo la melena suelta por si algún cliente me quiere agarrar del pelo. Eso lo permito.

Un cliente tiene la polla larga y fina, bastante asquerosita, pero se traga tan fácil -como un kalipo- que me da igual.

Otro se corre inmediatamente. Chachi.

En cada mamada, eficaz, limpia y rápida, me crezco. Soy la mejor. Creo que eso me produce placer. Soy tan onanista.

Me voy a forrar.

Cuando me despierto, lo único que lamento es haber salido tan barata.


viernes, 6 de abril de 2012

Enganche primaveral

Tengo un enganche primaveral doble.

El primero son Los juegos del hambre, los libros de los que ya soy frikifan y que no son tan literatura juvenil como se lee por ahí. Aunque los protagonistas sean osados chavalines, toda la historia es siniestra, oscura y con momentos muy mal rollo. Como puede verse ya voy por el segundo volumen y espero ansiosa la peli. Si resultase ser una adaptación descafeinada me dará hasta igual: por tal de ver el careto de Woody Harrelson haciendo del borrachín Haymitch, ya me doy por satisfecha.

El segundo enganche era el previsible: la segunda temporada de Juego de Tronos ya está dándolo todo. Con Tyrion tan sexy como siempre y con Cersei más mala que nunca. Han salido personajes chulos como Melissandre y Craster que no defraudan en la adaptación y todavía quedan un buen puñado de capítulos que prometen emociones sin final y babeo infinito por mi parte.

domingo, 1 de abril de 2012

Aniversario

Hoy es nuestro aniversario, de E. y mío, y como yo soy en el fondo una empalagosa y una ñoña, me gusta celebrarlo y proclamarlo a los cuatro vientos. El 1 de abril es una fecha bonita. Pero bonita, bonita. Y me gusta pensar que ahora, cinco años después, los dos somos más guapos, más listos y mejores.

Más listos. Son cinco años de complicidad, de confidencias, de conocernos mejor. Más guapos. Es lo que da el AMOR (ahí, con mayúsculas, que se vea bien). Mejores. Es el resultado de ser incondicionales.

Cinco años de ternura, de besos. Cinco años juntos.

martes, 27 de marzo de 2012

Baise-moi

No suena sumiso pero soy de las que creen en la cuadratura del círculo. Y no somos de planes quinquenales, ¿verdad?

Es la estación del amor y la jodienda y me apetece ser jodida sin pensar en el orgasmo. Si no me corro me da igual, quiero un polvo sin expectativas. Un mete-saca perfecto en su simplicidad.

No preciso palabras de amor, ni siquiera gruñidos de placer, sólo el chop-chop básico y sin adjetivos. Chop, chop, chop.

sábado, 24 de marzo de 2012

Yo quería ser bailarina del Ballet Zoom

Llevaban ropa chula y siempre diferente. Ropa psicodélica -lo que nos molaba a los niños de los ochenta la psicodelia de la tele-. No sabía qué bailarina me gustaba más, la rubia del pelo frito, la china lánguida o la negra de rizos afro, en realidad cada sábado me pedía ser una diferente, según me pillara el cuerpo.

Yo quería bailar así y pavonearme envuelta en ropas doradas o de colorines. Llevar esas botas de tacón y no caerme. Llevar esos bikinis que enseñaban medio culo, sexys a morir -antes de saber el exacto significado de ser sexy-.

Quería hacer coreografías superdifíciles y hacer playback, que el publico aplaudiera -en Aplauso y en su casa- y me imaginaba después del programa, una vida de aventuras y maravillas etéreas.

Pero sobre todo, quería que los bailarines me toquetearan. Era mi fantasía inconfesable, tan renacuaja yo, pero cada vez que a la china la cogían entre dos o tres y la meneaban así y asá, yo me derretía por dentro. Miniorgasmos musicales. No se qué bailarín me gustaba más, cuál quería que me sobara: el rubio de melenita lacia, el negro despampanante, el morenito guapo ... daba igual, cuántos más mejor. Yo es que apuntaba maneras desde muy temprano.

lunes, 19 de marzo de 2012

Pequeño Diógenes

He parado un rato y tengo el suelo del estudio empantanado. Ordenaba mi caja de recuerdos, llamémosla por ese nombre ñoño. Decidí, hace un rato, tirar los papeles que ya no me dicen nada -los papeles que ya no son pequeñas historias-.  Y llevo una buena bolsa de papeles de esos, sí, estoy muy orgullosa de cómo progreso en combatir a mi pequeño Diógenes.

Pero hay papeles que me resisto a tirar.

Facturas de almuerzos. Pantagruélicos. Con postre de chocolate -y yo ya no pido chocolate porque, por alguna rara evolución orgánica, aborrezco el chocolate. Almuerzos con vino y risas de los que sales aturdida a la calle y te asombras de que aún sea de día.

Entradas de cine. Soy tan meticulosita que en muchas anoto con quién fui, lo cual es adorable si resulta ser el primer cine de mi hijo. Guardo la entrada de Gladiator, cuando estaba embarazada de ocho meses. Muchas, muchas entradas de pelis de dibujos hasta la de Buscando a Nemo que pillamos empezada.

Entradas de museos. Entradas a palacios, catedrales, archivos, iglesias, a lugares turísticamente obligados. Facturas de hotel y a veces  con su tríptico publiciario. Aquella piscina enorme. Aquella habitación tan mona. Aquel desayuno-buffet memorable -nada como empezar el día-turístico con un megadesayuno-buffet.

Entradas al teatro. La cola aquella hiperlarga para pillar las entradas a Les Luthiers. Las obras vanguardistas que daban risa. Obras que ni recordaba haber visto. El autógrafo de Verónica Forqué. Concursos de Carnaval.

Un par de viejas agendas donde encuentro números de teléfono de gente que ya no conozco.

Programas de conferencias y congresos. Hubo una época en que éramos asiduos -¿ganábamos créditos o alguna subida de notas o algo así?-. Nos reíamos de los conferenciantes absurdos. Echábamos miradas de odio a los listillos que se enrollaban con las preguntas, al final de la conferencia. Aprendimos a no ser pedantes.

No ocupan tanto sitio, mis papeles. Lo estoy logrando. Una caja de zapatos.



viernes, 16 de marzo de 2012

Crónica de un viaje al extranjero


Portugal. Viaje de octavo de EGB. Junio del ... 80?

- Calor infernal en Badajoz. Javi, el gordito, no para de decir los muertos de Badajoz. Es decir se está cagando en los muertos del calor que hace en Badajoz y como yo no estoy acostumbrada a las palabrotas siento que este viaje va a ser algo así como iniciático.
- Dormimos varias niñas en la misma habitación. Es la segunda vez en mi vida que comparto cuarto con amigas. Siempre me siento incómoda. En el cuarto hace un calor infernal y mi amiga A. habla en sueños.
- El Tajo. El puente ese de color rojo. La Torre blanca. Una estatua de un rey. Un parque ... luego hablo del parque. Casi no recuerdo Lisboa.
- El desayuno que nos dan en el hotel es bazofia.
- La comida que nos dan en el hotel es bazofia. 
- Piscina en el hotel. Me siento fatal porque no me depilo las piernas y se me ven los pelos. También me parece que me asoma algo de vello por las bragas del bikini, pero ni me atrevo a mirar.
- Una de las niñas se emborracha en el hotel. Me escandaliza ver a una tía borracha diciendo majaderías y riendo como tonta. Me juro que a mi jamás me verán así -y lo he cumplido-. (Además es de las empollonas. Me siento muy cruel, me gusta haberla visto caer tan bajo, a la empollona de mierda).
- Parque de Lisboa. Voy con dos amigas. Conocemos a tres chicos lisboetas. Tres para tres. Me hago ilusiones. Nos hacemos fotos. Mi amiga intercambia su dirección con uno de ellos.
- Discoteca junto al hotel. Bailo. Me siento junto a las pavas. ¿Por qué coño me he sentado junto a las pavas? Ponen lentos y no me sacan a bailar. Joder.
- Bus de vuelta a casa. Mi amiga A. me traiciona y se sienta junto a un niño horroroso de feo pero que quiere tontear con ella. Me siento junto a otro niño con el que casi nunca he hablado -la verdad es que mi relación con los niños de octavo es mínima. Se llama Abel. Fantaseo con que quiera tontear conmigo aunque a mi no me guste nada. Pero un tonteo es un tonteo y así me como algo antes de llegar a casa.
- Abel duerme en el asiento del autobús y su cabeza se bambolea. Durante unos minutos casi se apoya en mi hombro. Me siento superincómoda y me meneo para que retire la cabeza. Es un aburrimiento de viaje.
- Cuando llego a casa mi madre tiene puchero de cena. Ahora estoy contenta.