Hubo tres Carnavales sin disfraz. Sólo la cara pintada, porque algo había que ponerse. Si sales un sábado de Carnaval en Cádiz sin disfraz, o al menos, sin algo medianamente mamarracho, haces el paria.
Paradójicamente, esos tres Carnavales fueron absolutamente desmadrados. Iba con la cara pintada y el abrigo, más panoli imposible. Sin embargo, fueron una locura. Ya no voy a Cádiz en sábado de Carnaval. Ahora soy formal y voy el Lunes de Coros, si encarta, o bien el domingo del Carnaval Chiquito. Pero aquellos primeros años, primeros sábados...
Era posible bailar por la calle y cantar aquello de "Soy Currito de la Cruz / pero como bebo tanto, /ahora me dice la gente / Currito el de la Cruzcampo". Era posible pegar la hebra con cualquiera por cualquier marcianada, hacerte colega del alma del primero que pasaba. Correr por la calle Pelota, brincar por la Catedral, alucinar por Columela y perderse. Encontrar a quien querías encontrar. Besar con el mar enfrente, en el Campo del Sur. Olvidarse de la claridad del día. Olvidarse de cualquier atisbo de razón. Ser loca, unas horas.
jueves, 12 de febrero de 2009
miércoles, 11 de febrero de 2009
Disfraces
Salsera: El Carnaval de mi ciudad se recuperó en 1981 -después de la prohibición del franquismo-y creo que fue ese año el primero en que me disfracé. Mi madre me hizo un traje de salsera, una camisa con volantes en las mangas y unos pantaloncitos piratas. Me peinó con trencitas por todo el pelo. Lo pasé fatal. La calle hervía de gente, había ganas de Carnaval, pero yo iba refunfuñando todo el rato. Iba con mis padres. Tenía 14 años y yo lo que quería era salir con amigas. Tengo una foto posando en casa, con cara de pazguata y con ganas de quitarme el tipo.
Años 20: Al año siguiente quedé con mi amiga MM. que también era pavilla como yo. Ella se vistió de zíngara y yo de años 20, con un vestido precioso color salmón y un collar largo que me prestó mi madre. Salimos solo por la mañana. Creo que solo dimos unas cuantas vueltas y nos aburrimos de lo lindo, o quizás no porque yo me veía requeteguapa y eso para mi ya es suficiente para estar contenta.
De Don Juan Tenorio: Una de las ideas de mi madre que yo acepté encantada. El disfraz era una maravilla, con jubón, calzones, medias y capita. Gorrito con una pluma muy sexy. Lo malo es que me pinté bigotito y perilla y eso ya no me molaba. No sé por qué no me lo quité en la noche, lo fácil que hubiera sido. Me cortó el rollo, el bigotito, me veía ridícula. Ese año sí salí de noche, con mis amigas AB. y ES. Solo recuerdo que hacía un frío pelón y que ES, disfrazada de demonia, iba tiritando todo el tiempo.
Chica del Can-can: El vestido mas bonito de la época del Instituto, el año de COU-nocturno. Le dije a mi madre que quería ir rabiosamente guapa y ella me hizo una preciosidad rosa fuerte, falda de mucho vuelo, calzones y medias negras. Fue la bomba porque aquel era mi primer año jipi y siempre iba a clase hecha un desastre. Una compañera -gilipollas- decía que me quitara el bigote -la pelusilla, leñe- que parecía un tío. Me depilé, claro que si y estaba tela de guapa.
Aquel disfraz fue el último del Instituto. El objetivo era impresionar a Juan Carlos, un compañero por el que andaba medio tonta y que no me hacía caso. Cuando lo encontré él ya llevaba una buena moña encima, pero aún así me dijo que estaba guapa. Suficiente, corazón. O no.
Esa noche salí en pandilla, la pandilla de los jipis-punkies de mi pueblo. AB iba de bufón. Mi Pako con k no iba disfrazado, para variar. El resto, ni me acuerdo. Me empezaba a gustar mi Pako con k. A él le gustaba mi amiga AB, prefería su disfraz de bufón aunque yo iba más guapa. Debería haber parado ahí, yo, y no haber hecho la gili tantos años después.
Lo último que recuerdo de esa noche -en la que me mantuve sobria pero medianamente eufórica de belleza y femineidad- fue a Pako mirando con ojillos vidriosos de porros a AB, que pasaba de él. Yo me martirizaba pensando lo mal que está repartido el mundo y los amores. Y también recuerdo a mi amiga ES diciéndome que no le echara el humo a la cara a los tíos, que significaba que quería rollo. Yo no lo sabía -ya digo, medio lela- pero rollo... rollo estaba deseando tenerlo.
Años 20: Al año siguiente quedé con mi amiga MM. que también era pavilla como yo. Ella se vistió de zíngara y yo de años 20, con un vestido precioso color salmón y un collar largo que me prestó mi madre. Salimos solo por la mañana. Creo que solo dimos unas cuantas vueltas y nos aburrimos de lo lindo, o quizás no porque yo me veía requeteguapa y eso para mi ya es suficiente para estar contenta.
De Don Juan Tenorio: Una de las ideas de mi madre que yo acepté encantada. El disfraz era una maravilla, con jubón, calzones, medias y capita. Gorrito con una pluma muy sexy. Lo malo es que me pinté bigotito y perilla y eso ya no me molaba. No sé por qué no me lo quité en la noche, lo fácil que hubiera sido. Me cortó el rollo, el bigotito, me veía ridícula. Ese año sí salí de noche, con mis amigas AB. y ES. Solo recuerdo que hacía un frío pelón y que ES, disfrazada de demonia, iba tiritando todo el tiempo.
Chica del Can-can: El vestido mas bonito de la época del Instituto, el año de COU-nocturno. Le dije a mi madre que quería ir rabiosamente guapa y ella me hizo una preciosidad rosa fuerte, falda de mucho vuelo, calzones y medias negras. Fue la bomba porque aquel era mi primer año jipi y siempre iba a clase hecha un desastre. Una compañera -gilipollas- decía que me quitara el bigote -la pelusilla, leñe- que parecía un tío. Me depilé, claro que si y estaba tela de guapa.
Aquel disfraz fue el último del Instituto. El objetivo era impresionar a Juan Carlos, un compañero por el que andaba medio tonta y que no me hacía caso. Cuando lo encontré él ya llevaba una buena moña encima, pero aún así me dijo que estaba guapa. Suficiente, corazón. O no.
Esa noche salí en pandilla, la pandilla de los jipis-punkies de mi pueblo. AB iba de bufón. Mi Pako con k no iba disfrazado, para variar. El resto, ni me acuerdo. Me empezaba a gustar mi Pako con k. A él le gustaba mi amiga AB, prefería su disfraz de bufón aunque yo iba más guapa. Debería haber parado ahí, yo, y no haber hecho la gili tantos años después.
Lo último que recuerdo de esa noche -en la que me mantuve sobria pero medianamente eufórica de belleza y femineidad- fue a Pako mirando con ojillos vidriosos de porros a AB, que pasaba de él. Yo me martirizaba pensando lo mal que está repartido el mundo y los amores. Y también recuerdo a mi amiga ES diciéndome que no le echara el humo a la cara a los tíos, que significaba que quería rollo. Yo no lo sabía -ya digo, medio lela- pero rollo... rollo estaba deseando tenerlo.
martes, 10 de febrero de 2009
Mis problemas con las mujeres
Hace unos días le estuve contando a E. cosas sobre mi amiga Ana, mi amiga de la Facultad. Le confesé que tuve, en alguna ocasión, una fuerte atracción sexual hacia ella. No era siempre, algunas noches, una tarde de confidencias en mi cuarto, otra tarde de confidencias frente al mar. Nunca le dije nada, fue un deseo que no me agobió y que me pareció curioso experimentar. Ella era una valquiria de piel morena. Era extremadamente sensual.
He fantaseado sexualmente con otras mujeres, muy pocas. En general eran mujeres del estilo de Ana, independientes, muy libres y poco convencionales. Así me gustan las mujeres. Creo que no sería capaz de mantener una relación estable con ninguna.
Veo poco a mis amigas, las amigas de siempre, -que nunca me han atraido sexualmente-. Quizás es un motivo por el que el lazo que nos une se mantiene fuerte. No es que defienda que la amistad se mantiene por verse poco. Lo que quiero decir es que ser amiga, mantener a las amigas no requiere estar todo el día pendientes unas de otras. Sólo estar ahí y cuando nos encontramos no cuestionarnos ni juzgarnos. Cuando he sentido algún tipo de presión por parte de alguien, he salido huyendo.
Recuerdo una pandilla que tuve en los últimos años de carrera. Quedábamos para estudiar, para cenar, para salir de marcha, para pasar fines de semana en el campo, para viajar... Y si no quedaba con ellos, me asediaban a preguntas, me miraban raro. Salí por patas de aquel grupo, a pesar de que eran divertidos, buenas personas. Pero agobiantes.
Así que soy una puñetera tía rara y antisocial. Aunque en realidad ese no es el motivo por el que no me haya acostado con ninguna mujer, o con Ana, en aquella época. En realidad me da un corte espantoso. Con los hombres puedo ser más chula que un ocho. Con las mujeres siento una absoluta y desasosegante inseguridad.
He fantaseado sexualmente con otras mujeres, muy pocas. En general eran mujeres del estilo de Ana, independientes, muy libres y poco convencionales. Así me gustan las mujeres. Creo que no sería capaz de mantener una relación estable con ninguna.
Veo poco a mis amigas, las amigas de siempre, -que nunca me han atraido sexualmente-. Quizás es un motivo por el que el lazo que nos une se mantiene fuerte. No es que defienda que la amistad se mantiene por verse poco. Lo que quiero decir es que ser amiga, mantener a las amigas no requiere estar todo el día pendientes unas de otras. Sólo estar ahí y cuando nos encontramos no cuestionarnos ni juzgarnos. Cuando he sentido algún tipo de presión por parte de alguien, he salido huyendo.
Recuerdo una pandilla que tuve en los últimos años de carrera. Quedábamos para estudiar, para cenar, para salir de marcha, para pasar fines de semana en el campo, para viajar... Y si no quedaba con ellos, me asediaban a preguntas, me miraban raro. Salí por patas de aquel grupo, a pesar de que eran divertidos, buenas personas. Pero agobiantes.
Así que soy una puñetera tía rara y antisocial. Aunque en realidad ese no es el motivo por el que no me haya acostado con ninguna mujer, o con Ana, en aquella época. En realidad me da un corte espantoso. Con los hombres puedo ser más chula que un ocho. Con las mujeres siento una absoluta y desasosegante inseguridad.
lunes, 9 de febrero de 2009
Lo más complicado

Con mi primer niño tuve, sin querer reconocerlo, una depresión posparto, que es la cosa más asquerosa que se pueda tener. No quería reconocerlo porque cómo-me-iba-a-pasar-eso-a-mi. A Doña Perfecta. Yo quería ser la mejor mamá del mundo, pero la depresión -que no sabía que era tal- me duró casi un año. Fue un verano repugnante. En mi piso daba el sol de poniente y yo sudaba como una cerda. Daba de mamar al bebé y leía libros. No le miraba mamar, leía. Devoraba libros. Veía películas mientras le daba el pecho. No le miraba.
Quería quererle con locura y sólo a veces lo lograba. La mayor parte del tiempo me moría de angustia. Miraba el reloj, sólo veía cuestas, sudor, llantos sin saber cómo enfrentarme a ellos. Y el pobrecito lloraba como cualquier otro niño, lo normal. Salía a la calle, pasaba horas paseando, empujando el cochecito. No me miraba en el espejo, estaba gorda y tetona. Era un pozo de autocompasión y culpa.
Como soy tan burra nadie supo lo que me pasaba, me tragaba la ansiedad y la disfrazaba de mal genio. Y como todos saben cómo las gasto, nadie se daba cuenta. Ni siquiera yo misma. Ni siquiera mi niño, porque la culpa me hacía comermelo a besos, aunque a menudo sentía que no me salían del corazón. Qué horrible sensación.
Luego se sale. Las hormonas vuelven a su sitio, la razón se aposenta. Dejas de mirar el reloj y de pensar en el llanto. Los besos salen sin esfuerzo, se te saltan las lágrimas de ver lo bonito que es, un año después de parirlo... Y viene lo más complicado. Ser mamá.
jueves, 5 de febrero de 2009
Callejón
El piso del Callejón. Era tan chulo que hasta canción tiene. Tan chulo como nosotras, las que allí vivimos dos años. Antes fue pensión. En el cajón de la mesita de noche de mi cuarto había anotaciones escritas de gente que pasó allí alguna noche. Legionarios, marineros, tenía magia aquel piso.
Y era cutre como sólo un piso de estudiantes se merece. Cutre la calle -el callejón- donde se situaba. Cutres los muebles -ese sofá desvencijado-. Cutre la cocina, misérrima, con una lavadora asesina y una nevera que se descongelaba sin avisar. Cutre el patinillo interior donde tendíamos y donde el vecino cutre del segundo se fumaba los porros. Cutres los descansillos, los buzones, el porterillo automático. Cutre el váter, que era un cuartucho donde sólo estaba el váter. Te sentabas allí y era un muermo, no había nada que mirar, solo la puerta. Cutre la ducha, aparte del váter, en otro cuartito, que se atascaba cuando nos lavábamos la cabeza.
Pero también era soleado. Lleno de sol -excepto la cocina mugrienta (nosotras éramos muy limpias, eso si). Lo decoramos con muchísimas chalauras. Pósters, dibujitos y pamplinas variadas. Daba gloria pasearse por el pasillo y detenerse a mirar los dibujitos y las pamplinas (la mayoría de las pamplinas las pegaba C.).
Cada una tenía su cuarto, su taza del desayuno, sus manías, su gel de ducha, su rutina. Todas compartimos noches largas de confidencias, todas aguantaron mis malos humores y mi genio. Seguimos en contacto, nos vemos con cierta frecuencia y siempre hay risas y charlas sin parar. Son mis niñas y yo soy una más.
Hubo fiestas memorables con gente memorable. Hubo teatro. Ensayos generales. Cachondeito. Gente rara que llegaba sin avisar. Bromas. Algunas bromas muy pesadas. Broncas con los vecinos pijos del segundo. Pasó por allí tanta gente... deberíamos tener una placa conmemorativa.
Y hubo Carnaval.
Y era cutre como sólo un piso de estudiantes se merece. Cutre la calle -el callejón- donde se situaba. Cutres los muebles -ese sofá desvencijado-. Cutre la cocina, misérrima, con una lavadora asesina y una nevera que se descongelaba sin avisar. Cutre el patinillo interior donde tendíamos y donde el vecino cutre del segundo se fumaba los porros. Cutres los descansillos, los buzones, el porterillo automático. Cutre el váter, que era un cuartucho donde sólo estaba el váter. Te sentabas allí y era un muermo, no había nada que mirar, solo la puerta. Cutre la ducha, aparte del váter, en otro cuartito, que se atascaba cuando nos lavábamos la cabeza.
Pero también era soleado. Lleno de sol -excepto la cocina mugrienta (nosotras éramos muy limpias, eso si). Lo decoramos con muchísimas chalauras. Pósters, dibujitos y pamplinas variadas. Daba gloria pasearse por el pasillo y detenerse a mirar los dibujitos y las pamplinas (la mayoría de las pamplinas las pegaba C.).
Cada una tenía su cuarto, su taza del desayuno, sus manías, su gel de ducha, su rutina. Todas compartimos noches largas de confidencias, todas aguantaron mis malos humores y mi genio. Seguimos en contacto, nos vemos con cierta frecuencia y siempre hay risas y charlas sin parar. Son mis niñas y yo soy una más.
Hubo fiestas memorables con gente memorable. Hubo teatro. Ensayos generales. Cachondeito. Gente rara que llegaba sin avisar. Bromas. Algunas bromas muy pesadas. Broncas con los vecinos pijos del segundo. Pasó por allí tanta gente... deberíamos tener una placa conmemorativa.
Y hubo Carnaval.
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amigas,
memoria a secas
miércoles, 4 de febrero de 2009
Vulpes
Me encanta ser una zorra para E. y que me lo diga. Me encanta esa voz con la que pronuncia la palabra zorra y me regodeo. Me resbala un hilillo de baba, ese que a veces me quito con el pulgar y otras lo dejo secarse -en función de lo obnubilada que esté-.
Me gusta ser tan zorra y calentarme incluso con las cosas tan terribles que me expone. Tan terribles. Tan terribles.
Me gusta ser tan zorra y calentarme incluso con las cosas tan terribles que me expone. Tan terribles. Tan terribles.
domingo, 1 de febrero de 2009
Un número redondo
Los números redondos deben celebrarse con un buen enculamiento. Sin medias tintas (como dice Él). Sin ñoñerías (como digo yo). Sin reparos, sin dudas, sin piedad, sin disgresiones, sin rodeos.
Un enculamiento como Dios manda. Grupa erguida -esa grupa que me miro y remiro en el espejo porque me gusta-. Grupa erguida y polla como un mástil. Gruñidos que no sé si son míos o suyos porque ambos son roncos y agónicos y ambos duelen y rebosan de placer.
Un empalamiento como Dios manda y Él quiere, yo quiero. Para celebrar números redondos que dicen buenas cosas de los dos.
Follaremos como cerdos.
10.
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